Sol Serrano (1954) es historiadora, no periodista. Pero si lo fuera, dice, “le preguntaría a todo candidato qué ha leído de historia de Chile”. La clase política actual, agrega, “no sabe historia de Chile. En las últimas décadas, los presidentes que sabían, que la llevaban dentro, son Aylwin y Lagos, ambos formados antes del 73”. La vicerrectora de Investigación en la U. Católica señala que “la historia larga de Chile, que está siendo muy cultivada por las generaciones jóvenes de historiadores, está clausurada en el análisis y en la conciencia política”. Es por eso, concluye, que hoy “sólo hablamos de memoria, pero no de historia. Ambas son dimensiones del pasado en el presente. No se excluyen, ambas son fundamentales. Pero no son intercambiables”.

Hacer historia donde le pareció que hacía falta, fue una suerte de premisa en su investigación doctoral, relativa a los orígenes de la U. de Chile, creada en 1842. En 1991, cuando la casa de Bello se aprontaba a celebrar su sesquicentenario, Ed. Universitaria publicó un resultado de esta investigación: Universidad y nación. Chile en el siglo XIX. Un cuarto de siglo después, el sello reeditó el volumen, con un agregado: un prólogo de 2016 en el que la autora no deja de sorprenderse de que el tema que aborda “sea hoy más candente de lo que fue cuando el libro se publicó”.

Su libro se escribió a la luz de los profundos cambios al sistema universitario instaurados a partir de 1981. ¿Hubo la intención de “comentar” el presente o de cotejarlo con el pasado que estaba estudiando?

No. Mi tema de fondo no era el sistema de educación superior, sino las tensiones entre una sociedad tradicional y la modernidad científica, tecnológica y política. Hoy, mi pregunta sería, ¿cómo se distribuye el saber en la sociedad? Nuestra política y nuestra estructura social derivan en buena medida de la dificultad histórica de diversificar las fuentes de poder. Al menos desde el siglo XVIII, eso ha estado muy vinculado a la creación de conocimiento y a las tecnologías.

¿Qué logros y fracasos destacaría en el empeño de crear una universidad como “forma de construir Estado”?

El principal logro fue formar una clase dirigente, especialmente en las funciones estatales. También estuvo la formación de las nuevas profesiones basadas en la ciencia y en la tecnología: medicina e ingeniería. Es increíble, mirado desde hoy, cuánto costó que esas profesiones adquirieran prestigio para los jóvenes de cierta clase: no eran vistas como “decentes”. Y logró crear una intelectualidad que dio densidad al espacio público y dirigió la formación de los liceos. Pero no logró ser una universidad de investigación. No era posible, estructuralmente.

La percepción de “no decencia” que menciona, ¿cómo se aviene con la valoración social del conocimiento?

Había una élite intelectual/política -los “publicistas”, que hoy llamaríamos “intelectuales públicos”- a quienes les preocupaban las “ciencias de gobierno”, las humanidades y las ciencias sociales. Algo que hoy echamos de menos en nuestra clase política. Otra cosa es el ejercicio de una profesión basada en saberes que no estaban localmente constituidos. Washington Lastarria, un gran ingeniero que fue uno de los constructores del Viaducto del Malleco, es hijo de José Victorino. Ahí está el cambio.

¿Qué rol le cabría hoy a la U. de Chile, comparado con el que alguna vez tuvo?

La pregunta para las universidades de investigación y para el Estado es la misma. Hoy se trata de la creación de conocimiento en un sentido amplio y de su vínculo con la sociedad. Cuánto conocimiento creamos para una sociedad más próspera e igualitaria, cuál conocimiento y cómo, son preguntas muy de fondo que suponen un diálogo. Ese diálogo es débil hoy entre nosotros, entre el Estado y universidades de excelencia. Pareciera que el único vínculo es la formación de profesionales y una ciencia para los científicos. Por eso la reforma de la educación superior y la formación de un Ministerio de Ciencias no dialogan entre sí. Ese diálogo transformador es el de 1842. Estamos en un momento crítico, dramático incluso, respecto del futuro. Porque es la inteligencia la que nos permitirá crear con rigor en lo productivo, en las políticas públicas, en concordar las bases del sentido de convivir y de ser comunidad. En un país como el nuestro, ese diálogo, esa concordancia, es fundamental porque nuestros recursos son escasos. Ninguna universidad de excelencia en Chile puede financiarse sin el Estado. La tentación es el control estatal, así como los afanes hegemónicos en las universidades.

¿Tomó nota del “caso Baradit”?

Compré el libro de Baradit (Historia secreta de Chile), dichosa de que la historia escrita por un novelista se integrara a nuestro repertorio nacional. Cuando leí la introducción, bastante pedante, en que da clase a los historiadores de cómo hacer historia, me pareció un despropósito: el encanto está precisamente en la diversidad, no en arrogarse hacer lo que otros no hacen. Por tanto, me dio lata leerlo y no seguí. Ahora, lo que me interesa es el público. Primero, porque con justa razón a los lectores no especializados les intriga “lo secreto”. Y segundo, porque han mostrado interés en la no ficción. El éxito de Un veterano de tres guerras, por ejemplo, debe ser considerado. Me parece un fenómeno para celebrar. Y si hay una lección ahí para los historiadores, es que nos falta el gran ensayo histórico, la gran narrativa.

Ud., que fue candidata al galardón, ¿tiene algo que decir sobre el Premio Nacional de Historia y del mecanismo con que se asigna?

Que tengo, en primer lugar, gran respeto intelectual y afecto personal por Julio Pinto, por lo cual querría despersonalizar totalmente el tema. Dicho eso, el mecanismo es legal, pero cada vez más ilegítimo. La composición de los jurados es difícil de defender en una sociedad democrática, habiendo jueces y partes en la misma mesa. El premio es endogámico y hegemónico. El otro elemento es que ninguna mujer lo haya obtenido. Es un tema ultra estudiado el de las dificultades de las mujeres en la academia, el ingreso tardío y las desventajas. De hecho, mi generación es la primera que empieza a doctorarse en las humanidades. Entonces, a igual estándar académico, ignorar la variable de ser mujer es algo inexplicable. Resulta que los ultraprogresistas de repente son gremialistas y sostienen que el premio es sólo excelencia académica.

La tercera