Al Estado ecuatoriano hasta hace diez años le importaban muy poco las universidades, más allá de restringirles el presupuesto a las públicas. La autonomía se reclamaba cuando la fuerza pública ingresaba en sus predios. La ley neoliberal de educación superior del año 2000 no fue discutida, a pesar de la nefasta disposición de liberar la creación de universidades y carreras. Las leyes neoliberales de educación superior se aprobaron en América Latina entre 1998 y 2002, provocando el descontrolado crecimiento, sobre todo de universidades privadas, con sus carreras, que se constituyeron en un gran negocio.

En el ámbito académico la propia institucionalidad no logró controlar esta proliferación de universidades y el mercado de sus carreras. El interés neoliberal era justamente propiciar ese mercado privado. La presente gestión gubernamental inició un indispensable proceso de evaluación, normatización y fortalecimiento institucional, aunque el necesario fortalecimiento de lo público provocó un exagerado centralismo que generó, a su vez, una exagerada crítica en nombre de la autonomía.

El centralismo, con asesores que no propiciaban la socialización y participación de los actores académicos, implementó la propuesta de un desarrollo científico y tecnológico ligado al concepto empresarial industrial occidental de especialistas con exigencias de doctores con ‘pieshdi’ (que son especialistas en un exclusivo tema) y supuestos sabios asesores prometeos. Se exigían ‘papers’ en revistas indexadas, sin la necesaria pertinencia con los requerimientos del medio.

Las universidades que habían enfatizado casi exclusivamente la docencia profesionalizante debían priorizar ahora la investigación, nueva panacea, olvidando que la vinculación con la sociedad da a las dos la anhelada pertinencia. Esta garantiza, como asegura el Rector de la Universidad Central, la soberanía del conocimiento.

En el contexto de universidades de investigación, docencia y vinculación con la sociedad, no tiene sentido diferenciar ‘niveles’, ‘tipos’ o ‘categorías’ como ‘universidades de docencia e investigación’ como las más prestigiosas, de ‘docencia’ solamente, como de menor cuantía, y de ‘educación continua’ seguramente para oficios y otras ocupaciones del campo técnico, que fue descuidado.

La autonomía universitaria, más que críticas al control, normatización y evaluación, tiene que ver con la soberanía del conocimiento, con la pertinencia de este en función de las necesidades poblacionales.

El telégrafo