En el marco de la lucha contra la pobreza en nuestro país, ni el Gobierno ni la sociedad civil le dan suficiente relevancia a la educación como factor clave para acelerar el proceso que lleve a la mayoría a alcanzar mejores niveles de vida. Enfatizar el asistencialismo, respaldado por discursos huecos, y no invertir más en educación es un error estratégico imperdonable. Ante esta realidad, un grupo de jóvenes estudiantes de la educación media de colegios privados de la capital, poniendo en práctica la educación del sentido crítico que han recibido en las aulas y conscientes de la necesidad de participar de la vida ciudadana con propuestas, se han manifestado para exigir educación de calidad para todos. Sus voces tienen que ser apoyadas por la ciudadanía y respondidas con hechos por las autoridades acelerando los procesos en marcha para alcanzar lo que piden.

La experiencia de algunos países del mundo –Japón, Corea del Sur, Singapur y Finlandia, entre otros– demuestra que una educación de calidad es un factor esencial para salir de la pobreza y proporcionar mejores estándares de vida a la mayoría de la población.

La educación no es la panacea y la varita mágica que por sí sola abre automáticamente las puertas de la prosperidad a los pueblos. A su mejoramiento deben sumarse componentes de equidad y justicia social, con un Estado al servicio de sus habitantes, con políticos honestos y transparencia en el manejo de la cosa pública, que permitan a los ciudadanos que reciben una formación de buen nivel acceder a un mayor bienestar.

Los sucesivos gobiernos de la posdictadura han puesto mayor empeño en incrementar la cantidad de funcionarios públicos ingresados, en razón del clientelismo político y no en base a la capacidad y en el fomento –directo o indirecto– de la vigencia de la cultura de la corrupción.

No han pensado que por esa vía llevan al Paraguay al abismo y que alguna vez los políticos irresponsables, apegados solo a sus intereses, pueden ser víctimas del monstruo que ayudaron a alimentar. En sus planes no se ha visto interés por mejorar el nivel de la educación paraguaya.

Si un elevado porcentaje de la compensación pagada por el Brasil por el uso del excedente de energía de nuestro país fue destinado por el Parlamento a mejorar la educación es por la presión de un grupo de ciudadanos y no por iniciativa alguna surgida de ellos.

En este contexto poco saludable para la educación que hace rato debió haberse convertido en una real obsesión nacional, estudiantes –con el apoyo de directivos y profesores de las instituciones de enseñanza– de los colegios Cristo Rey, Salesianito, Experimental Paraguay-Brasil y Técnico Javier han escogido recurrir a las sentatas para dar notoriedad a sus peticiones.

El valor del gesto sube de tono si se considera que ellos no son los que más necesitan mejorar el nivel de su educación, puesto que acuden a colegios de clase media que ofrecen buena formación integral. La actitud asumida ejemplifica que también se les ha educado con suficiencia en el sentido crítico, la participación ciudadana y la solidaridad.

Ojalá más jóvenes se sumen a la iniciativa, sobre todo los de los colegios públicos que son los que reciben una educación con mayores deficiencias.

Es de esperar que las manifestaciones no sean solo pasajeras y los jóvenes se mantengan en su posición de hacer “lío organizado” como les pidió el papa Francisco en Asunción. Y que reciban el apoyo de la sociedad civil hasta que las autoridades den indicios verificables de que han empezado a satisfacer sus reclamos.

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