Las élites del poder de países vecinos y que comparten fronteras comunes acostumbran a alimentar a sus habitantes con toda clase de mentiras o rumores, las que por lo general giran alrededor de supuestos conflictos sobre disputas territoriales o temas migratorios, tal es el caso de Costa Rica y Nicaragua durante más de media década. Sucede así que mientras entretienen a las gentes con juicios interminables en la Corte Internacional de Justicia de La Haya, las autoridades de Costa Rica y Nicaragua, sobre temas marginales como el de la llamada Isla Calero, en la desembocadura del Río San Juan, prefieren soslayar sus graves responsabilidades en la destrucción ambiental y en los daños irreversibles que ha sufrido la cuenca del Río San Juan y Lago Cocibolca o de Nicaragua.

Todo lo anterior no quita el hecho de que visitar la vecina República de Nicaragua, aunque sea por un corto lapso, cosa que acabamos de hacer pocos días atrás, resulte ser siempre la ejecución de un ejercicio muy absorbente y lleno de interés,  además del calor y del colorido que se alternan en el paisaje, conforme se va desplegando ante nuestros ojos suscitando toda clase de emociones, de tal manera que esa visita se constituye una experiencia integral, sobre todo para quien teniendo ojos quiera ver más allá de lo que se presenta ante su mirada, y  para quien teniendo oídos, quiera escuchar de verdad los sonidos y los múltiples ecos provenientes de las interioridades del alma de ese pueblo, emanados de esa nación tan cercana y tan afín a la nuestra en muchos aspectos como también alejada en otros, pues a pesar de la cercanía en términos espaciales, esa Nicaragua tan unida y alejada al mismo tiempo de nosotros, en gran medida por la  compleja historia y la vecindad geográfica que hemos compartido, a lo largo de más de dos siglos de nuestra historia republicana común, la que no siempre ha estado exenta de conflictos o de entrañables cercanías que se remontan a los tiempos todavía coloniales del bachiller Rafael Osejo y su fructífera siembra que se tradujo en  la materialización de sus empeños por crear la Casa de Enseñanza de Santo Tomas, en el San José del año de 1814, además proyectándose, con el paso del tiempo, en las voces de Rubén Darío y su inmenso amor por este pedazo de tierra que fue suya por momentos, mientras vivió entre nosotros cultivando su pluma y amistades muy valiosas entre la intelectualidad costarricense de los 1890, a la solitaria obra ensayística y literaria de Pablo Antonio Cuadra, con  su exquisita pluma y su garra proyectándose  siempre hacia nosotros, al ayudarnos a entender y conocer mejor a su pueblo, como una tarea que nos ha acercado mucho más a los que vivimos a los dos lados de la frontera, a los hermanos Carlos y Enrique Mejía Godoy con su poesía hecha música y amor(Ay Nicaragua, Nicaragüita, la flor más linda de mi querer), o en la abundante producción literaria de Sergio Ramírez Mercado en la narrativa del cuento, el ensayo y la novela,  en la poesía de Carlos Martínez Rivas y la de Ernesto Cardenal, granadinos ambos, al igual que José Coronel Urtecho por sólo citar a algunos de esos nicaragüenses que nos aproximan y con quienes estaremos siempre en una deuda afectiva.

El hecho de tener una frontera común, en la que un importante río: el ahora no tan caudaloso San Juan, que se constituye durante un cierto tramo en el límite que separa los territorios de ambos países, no es sin embargo un  hecho tan importante como el mero compartir, no siempre de manera honesta y responsable, la gran cuenca del Río San Juan y el Lago Cocibolca, siendo este último el segundo reservorio de agua dulce de América Latina, después del lago Titicaca que comparten Perú y Bolivia. Los ríos y afluentes de la cuenca del Río San Juan, provenientes del territorio de Costa Rica conforman una parte importante de esa cuenca, la que aporta en la desembocadura del Río Frío, vertiendo sus aguas en el lago Cocibolca dentro de lo que resulta ser un majestuoso escenario, situado frente al puerto de San Carlos de Nicaragua, la cabecera del departamento de Río San Juan, ese enorme caudal de aguas oscuras que ha arrastrado por una gran parte del territorio de las llanuras sancarleñas situadas entre la cordillera de Guanacaste y la frontera con Nicaragua, provoca un vivo contraste pleno de emociones en los viajeros, siempre expuestos a las maravillas que nos brinda la naturaleza. Con su flora y su fauna endémicas este patrimonio ambiental es uno de los más valiosos del istmo centroamericano, aunque su acentuado deterioro es el resultado más visible de la irresponsabilidad y la codicia de las élites del poder, tanto en Costa Rica como en Nicaragua, con sus trochas y talas  abusivas de los bosques primarios de la región, además de la pretensión de los gobernantes de la segunda de construir un canal interoceánico, llamado a constituirse en el tiro de gracia para esa importante  cuenca fluvial y lacustre, dentro de lo que es algo más que un secreto a voces, alimentado a veces por la complicidad y la estupidez, no siempre disimulada, de una serie de gentes de toda ralea, a ambos lados de la línea fronteriza, que actúan como si los daños ambientales no trascendieran las fronteras comunes, poniéndonos a todos al borde la catástrofe.

Lo novedoso en esta oportunidad ha sido el entrar a Nicaragua por el puesto fronterizo de Las Tablitas, próximo a la localidad costarricense de Los Chiles, un tránsito que hemos hecho llenos de entusiasmo pasando por el puente Santa Fe, único sobre el Río San Juan construido por el gobierno de Nicaragua con la cooperación del gobierno japonés, para encontrarnos poco después con gran pesar, con el gigantesco daño causado a la naturaleza en los departamentos de Río San Juan, Chontales y Boaco que fuimos recorriendo hasta aproximarnos a la capital del país. Se han derribado, de manera abusiva, los bosques de los territorios situados hacia el oriente del gran lago Cocibolca, afectando al lago  cuyos aguas han descendido de nivel en muchos metros y a los ríos de la región que este año han alcanzado niveles muy bajos en sus caudales de por sí ya muy menguados, en un fin unos hechos de tal gravedad que debería alarmarnos a todos los centroamericanos, para llevarnos a denunciar y actuar antes de que todo esto se torne irremediable. La deforestación masiva le ha dado tono gris y hasta sombrío a toda esa región, próxima al gran lago en los ya mencionados departamentos, donde se nota una gran miseria y abandono hacia sus habitantes más pobres quienes construyen sus casitas de cemento a la orilla de la carretera, no por opulencia sino por la escasez de la madera que se ha convertido en un artículo de lujo, ya inalcanzable dentro del desolado paisaje de Chontales y buena parte de Boaco. Tampoco es que el paisaje costarricense se muestre mejor en términos de los recursos naturales, especialmente si recordamos esa parte del viaje mientras nos aproximábamos a Los Chiles, donde hacia un lado de la carretera principal da inicio la trocha, construida con gran impericia y con evidente daño para el ambiente de esa región.

Durante el recorrido visitamos la ciudad de Juigalpa, la cabecera departamental de Chontales, lugar donde pernoctamos, dentro de una comarca que siempre tuvo fama por la actividad ganadera existente allí, que es un centro urbano bastante tradicional desde donde se controla la actividad económica de la región.

No muy lejos de allí, un poco más hacia el Caribe y durante los primeros meses de 1959, en las  proximidades de la localidades chontaleñas de Santo Domingo y La Libertad, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal (1924-1978), Reynaldo Antonio Téfel y muchos otros compañeros suyos intentaron derribar a la tiranía somocista, impuesta por el imperialismo norteamericano en el país de la imposible democracia y las eternas asechanzas del Destino Manifiesto, mediante un levantamiento armado conocido como la Jornada de Olama y Mollejones que fue aplastado, de manera rápida, por  los efectivos de la Guardia Nacional Somocista, dentro de lo que fue intento, entre heroico y desesperado, de darle una salida legítima y con apariencia democrática al despótico y brutal sistema político imperante en Nicaragua, durante la mayor parte del siglo anterior. Los rebeldes expedicionarios habían partido, por la vía aérea, desde Punta Llorona, ubicada en territorio costarricense en un área próxima a la Península de Osa, dentro de lo que fue unos hechos políticos y bélicos que ya casi nadie recuerda ni en el San José ni en  la Managua de este cambio de siglo, convertidas ahora en capitales de la tierra del olvido. Nuestro paso fortuito por el departamento de Chontales, tierra que nunca habíamos visitado, nos hizo escarbar también en los recovecos de la memoria histórica.

(*) Rogelio Cedeño Castro, sociólogo y catedrático de la Universidad Nacional de Costa Rica(UNA).

El País Costa Rica

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