Almeida Filho analiza las dificultades de la universidad para adaptarse a los cambios socioculturales y, con una fuerte crítica al sistema educativo de Brasil, describe la experiencia de la Universidad Federal del Sur de Bahía, donde es rector.

El médico y académico brasileño Naomar de Almeida Filho, rector de la joven Universidad Federal del Sur de Bahía (UFSB), dice que el sistema de educación pública, tal como funciona actualmente en su país, no contribuye a la inclusión social, sino que reproduce y acrecienta las desigualdades. “Es un modelo conservador, reaccionario”, señala. Almeida, quien fue rector de la Universidad Federal de Bahía (UFB), visitó Argentina invitado por la Universidad Nacional de San Martín (Unsam) y explicó allí el innovador plan de estudios implementado en la institución que dirige, fundada en 2013 con el fin de buscar alternativas a la “perversión social” que hace que las clases populares no puedan acceder a la universidad pública, pese a ser su principal fuente de financiamiento.

–¿Cuáles cree que son las características salientes del contexto sociopolítico y epistemológico en el que hoy están sumergidas las universidades?

–El contexto general es de muchos cambios sociales y culturales, muy intensos y rápidos. Hay una concentración de tecnología en las relaciones personales e institucionales también. Hay una supresión de los límites y una compresión del espacio/tiempo, es decir, muchas cosas suceden al mismo tiempo y la tecnología nos pone en contacto casi de inmediato con toda esa situación de cambio. Hay toda una concentración de esfuerzos en la dirección de un pensamiento más complejo, pero la universidad no acompaña esos cambios con velocidad, es muy conservadora en su existencia como institución.

–¿La dificultad para acoplarse al cambio es una particularidad de la universidad latinoamericana o es un problema más general?

–Es general. Creo que ese es el secreto de la supervivencia de la universidad, que hace mil años existe más o menos igual. Pero en Latinoamérica hay más dificultades para cambiar las universidades y convertirlas en centros de innovación. Un ejemplo de eso es que la estructura de las clases es la misma hace cien años. Los docentes siguen administrando las clases como si fueran dueños del saber, y el saber ahora no tiene dueño. Cualquier estudiante puede hacer una consulta en Internet y verificar si lo que está diciendo el docente es válido o no. Y la otra cosa es que siguen modelos de memorización de la información, y ya no es más necesario acumular información. La información está disponible, los medios de acceso son rápidos, fáciles.

–Usted habla de la convergencia de dos tendencias contradictorias: la profesionalización en la universidad y la desprofesionalización en la sociedad.

–Claro. Cada vez más se necesita en la vida social de gente capaz de ser flexible en todo, incluso en sus competencias profesionales. El rol de la producción, de la creación, de la innovación en la sociedad contemporánea está abierto a una mutación permanente y la universidad tiene una función social que es la de ser el centro de la innovación. La profesionalización es justamente lo opuesto a eso, es la fijación de roles, es hacer lo que se hace como siempre se ha hecho. Esta contradicción no puede resolverse directamente por un cambio de norma, por ejemplo. Es necesario un cambio de estructura y la cultura universitaria es muy señora de sí misma, lo que impide el cambio.

–Brasil y Argentina son países muy grandes, con focos urbanos que de algún modo hegemonizan la actividad académica y, al menos en Argentina, es limitada la posibilidad de obtener un título sin desplazarse hacia los centros urbanos. ¿Esto ocurre también en Brasil?

–Sí. Además de la exclusión social, porque Brasil es un país muy desigual socialmente, en términos étnico raciales también, hay una exclusión territorial muy fuerte que hace que algunos sujetos de la población que tienen aptitudes, vocaciones, motivaciones, talentos, no tengan la oportunidad de manifestar eso de una manera socialmente valorada por el hecho de que son pobres, negros, indígenas y viven lejos de los centros. Por eso, yo presenté como ejemplo de una posible institución universitaria del siglo XXI, territorializada, la Universidad Federal del Sur de Bahía, como una proposición de colegios universitarios en pequeños pueblos, en aldeas indígenas, en asentamientos del Movimiento de los Trabajadores sin Tierra o en quilombos (asentamientos afrobrasileños).

–¿Por qué sostiene que el modelo educativo brasileño reproduce la desigualdad social?

–En Brasil la gente que tiene acceso a poder político y económico envía a sus hijos a escuelas privadas muy buenas para poder aprobar los exámenes de ingreso en las universidades públicas, que son gratuitas. Y los hijos de ellos se forman en esas instituciones y tienen mejores empleos, mejores ingresos, más capital político y siguen siendo parte de esa minoría social. Pero hay un ciclo que es paralelo y opuesto a ése: la mayoría, que no tiene recursos económicos ni poder político, el pueblo, los trabajadores, los campesinos, pagan impuestos en una proporción mucho más grande de sus ingresos que los ricos o la clase media, y el Estado no tiene capacidad de ofrecer una educación pública de calidad suficiente para que sus hijos sean competitivos para entrar en las universidades públicas. Entonces, los que concluyen la enseñanza secundaria pública son obligados a pagar la universidad privada, de menor calidad. Eso es una perversión social. Genera más desigualdad, es un modelo conservador, reaccionario. De aquí la idea de tener una universidad en una región rural en el interior de Bahía (la UFSB) donde las distancias de los centros urbanos son enormes. Por ejemplo, uno de nuestros campus está a casi mil kilómetros de la capital de la región, Salvador de Bahía. Hacer que un joven de un pequeño municipio cerca de ese sitio llegue a la universidad y que las plazas no sean ocupadas por estudiantes de fuera de la región fue un desafío para el que tuvimos que crear algunas opciones interesantes.

–¿Como cuáles?

–Como la promoción del ingreso a través de la entrada no en carreras sino en una formación universitaria general. El estudiante tiene primero información sobre lo que significa ser un profesional y hace luego su elección. Es distinto al modelo convencional de universidad, donde el estudiante es forzado a hacer la elección de su carrera antes de entrar y muchas veces termina descubriendo que no es lo quiere y ya no puede cambiar. Para cambiar tiene que salir de la universidad, agregar más años y pasar por más estrés. Nuestro proyecto propone una licenciatura interdisciplinaria: el estudiante entra en grandes áreas, por ejemplo las artes, las humanidades, las ciencias, la salud, la educación, y puede cambiar. Es un proceso que tiende a disminuir el múltiple choque cultural que produce el desembarco del joven en la universidad.

–¿Qué posibilidades hay de expandir ese sistema?

–En Brasil en 2008 empezó una reforma que promocionó una reestructuración curricular en muchas universidades. De las 65 universidades federales, 18 implementaron modelos que son similares a éste. El 5 por ciento de los cupos son en cursos de esta naturaleza. Entonces, esto ya empezó en muchos sitios de Brasil. Yo estoy proponiendo que la expansión de este modelo no se limite al interior del país y a zonas rurales. Ustedes tienen acá en Argentina una concentración de inteligencia que puede agregar mucho a esta idea de la universidad como espacio para la formación en la cultura, en la ciencia, en las artes y eso es la esencia de esta propuesta: que la entrada en la universidad sea la entrada en una cultura universitaria y que dentro de ella la profesionalización sea una consecuencia, pero no un principio.

 

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