Un libro escrito a cuatro voces: la de la periodista que indaga, contextualiza y se estremece profundamente con lo acontecido; al mismo tiempo que es el relato de tres sensibles y lúcidas víctimas que merecen el sitial histórico de revolucionarias ejemplares de la resistencia chilena. Un libro bello, pero desgarrador. De una lectura que se fatiga en el abatimiento que cada línea nos provoca el testimonio de estas tres vidas tan ejemplares.

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“Mujeres tras las rejas de Pinochet”

La más reciente obra de la periodista chilena Vivian Lavín retrata la vida de tres mujeres que se opusieron a la dictadura y terminaron presas.

Para ella, que había crecido bajo el régimen del estado de sitio de la dictadura chilena, las tres mujeres con las que conversaba y con las que conversaría durante días, meses y años, habían sido “las terroristas de las que tanto hablaba Pinochet en su tono de viejo zorro”. Aunque quedaban vestigios en sus rostros de aquellas jóvenes que habían luchado contra el totalitarismo, y que habían terminado en las prisiones de Pinochet, parecían otras cuando ella, Vivian Lavín, las entrevistó para comenzar a darles forma a sus testimonios, que fueron su vida: esos horrores que padecieron en las cárceles, sus sueños, sus dolores e ilusiones, sus traumas, las razones por las que terminaron peleando a muerte contra el régimen y, al final, sus derrotas.

Las tres, Elizabeth Rendic, Gina Cerda y Valentina Álvarez, se conocieron en la cárcel. Y allí, envueltas en el dolor, en el sin futuro, se hicieron amigas, “afectos que nacieron en el dolor y que en la libertad se fortalecieron”, como escribió Lavín en su libro Mujeres tras las rejas de Pinochet. Mientras ellas luchaban por la libertad, mientras arriesgaban la vida en diferentes acciones, el dictador salía y decía: “En estos últimos meses hemos sido testigos de un nuevo intento de los agentes del comunismo por alterar la vía institucional por la cual avanzamos. La formación de organismos de fachada del Partido Comunista y su propósito artero de crear un clima de efervescencia social, que favorezca su objetivo de desestabilizar el gobierno, han sido las últimas prácticas empleadas”.

Hablaba de una “vía institucional por la cual avanzamos”, y lo hacía desde una televisión y una radio y los periódicos que, de una u otra forma, él controlaba, y pronunciaba las palabras “desestabilizar al gobierno”, que era precisamente lo que él había hecho algunos años atrás, en connivencia con la CIA y algunos “poderosos” chilenos, y lo que comenzó a llevar a Chile a un estado de sangre, fuego y horror, con la caída y la muerte de Salvador Allende, el 11 de septiembre de 1973, y con el final de su gobierno socialista. Como escribiría Joaquín Sabina muchos años más tarde: “Los pobres no somos ricos, ni el cobre es más que la greda, la libertad cierra el pico, desde que hay toque de queda, pregúntales a los milicos qué hicieron en La Moneda”.

Pinochet hablaba y acusaba. Perpetuaba el odio hacia quienes pensaran distinto y ordenaba matar y callar a cualquiera que fuera sospechoso. A Víctor Jara, por ejemplo, lo mataron para callarlo. Lo masacraron los agentes del ejército nacional que secundaban el golpe militar, porque aquel hombre, Jara, era un peligro para el Estado que pretendían instaurar. Orden, decían. Tradición, promulgaban. Religión, repetían. Dios, patria y tradición y todo eso. Jara, además, y sobre todo lo anterior, era una de las fichas claves del Partido Comunista. Murió, pero su muerte no pasó desapercibida. Su nombre y su recuerdo y sus canciones taladraron a cientos de miles de chilenos que lo siguieron casi hasta la muerte, en medio de amenazas y desafíos.

Hubo miles de historias similares. Muertes, desapariciones, sangre y fuego. Por distintos caminos, Valentina Álvarez, Elizabeth Rendic y Gina Cerda supieron lo que ocurría y lo que la dictadura quería que no se supiera. Álvarez había comenzado a entender las diferencias de clase desde muy niña, en la escuela. “Ahí me di cuenta de que yo vivía en una casa distinta, en una población diferente, que yo era pobre. Entonces, la pobreza se concreta, duele, molesta. Aparece la mirada crítica del que tiene más y mi intento por esconder todo: la violencia de mi madre, la brutalidad de mi padre, todo lo que huela o dé indicios de miseria material o humana”.

La madre de Gina Cerda fue siempre de izquierdas, y ella fue siempre rebelde. “Las situaciones límite, de peligro, son ingredientes perfectos a los que me es imposible resistirme. Toda una Emma Peel, de Los Vengadores, que era mi ídola”. Elizabeth Rendic era una niña común y corriente. “Yo tenía cero conciencia de dónde estaba parada”. Empezó a estudiar medicina. Sus compañeros le hablaron de lo que sucedía y de lo que podía suceder. Le prestaron libros y discos, la invitaron a sus reuniones y la llevaron a ver pasar a Fidel Castro cuando estuvo de visita en Chile. “Era una época de ilusión y de sueños de la que era imposible mantenerse al margen. Me aluciné con el proyecto de gobierno popular y fui una ferviente allendista”.

Por distintos caminos entendieron y supieron, y por distintos caminos llegaron hasta la clandestinidad. Desde ahí lucharon, curaron, hablaron, apoyaron, dispararon, huyeron y volvieron a comenzar, hasta que cayeron presas, cada una por su lado, y se encontraron en la prisión de Santa Domingo. Luego, muy luego, contarían qué había ocurrido y por qué.

Valentina Álvarez: “¿Qué me sorprende de mi cuento y del protagonismo de mis personajes? ¿Qué valoración les he ido dando a mis actos, a mis emociones, a los hechos y a los protagonistas de mi historia? Lo primero que viene a mi memoria y me sorprende —habla la heroína—, es que ante situaciones difíciles, como una acción armada, en que la adrenalina está a full, tengo la sensación de que emerge algo así como una fuerza interior representada por la convicción de lo correcto, como si no fuera mía”.

Gina Cerda: “La parte más compleja de este cuento es justamente el costo que tuve que pagar por mi compromiso, y luego, por la consecuencia de mis actos. De nada me arrepiento, aunque reconozco que el precio fue muy alto. La tortura, la cárcel y los miles de coletazos que esta experiencia ha significado en mi vida, me hirieron en lo profundo y me han dejado huellas”.

Elizabeth Rendic: “Veo a la joven combatiente, producto de su tiempo, del contexto social, político, cultural y amoroso, con ternura y gran orgullo. La tengo conmigo. Añoro su tremenda fuerza para creer y luchar (…). Añoro la pasión que me embargaba entonces. Siento un espacio vacío en cuanto al sentido profundo de mi vida. He perdido la fe, la confianza en los grandes proyectos… Hasta me aparto de los conflictos laborales (…). Me muevo entre pensar que la consecuencia es el paraguas del anquilosamiento de las ideas y, a la vez, es el argumento de descalificación más simple y efectivo hasta sentirme una inconsecuente de mierda, porque los hechos objetivos que alguna vez me movieron no han cambiado en el fondo, aunque sí ahora veo con más claridad los hilos oscuros y poderosos que mueven las piezas del tinglado”.

El Espectador

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