De entre la diversidad de factores vinculados a la calidad educativa, la evaluación ocupa un lugar crítico. El conocimiento de los logros y carencias del sistema educativo, constituye la base para poder reorientar su desarrollo, al generar la información que permita tomar las decisiones más adecuadas en cada ámbito y en cada momento; la mejora del sistema educativo tiene en la evaluación integral uno de sus ejes centrales.

De este modo, en México se han venido realizando, desde hace más de 15 años, programas e iniciativas dirigidos a mejorar las capacidades de los docentes y proveerlos de los materiales que requieren para desarrollar su trabajo adecuadamente. Sin embargo, los resultados observados después de casi tres lustros no están a la altura de las expectativas. Es evidente que la pretensión de equiparar la calidad de la educación casi exclusivamente con el desempeño y evaluación de los profesores, ha dado lugar a la formulación de políticas ineficaces.

De este modo, la premisa que da lugar a esta reflexión, es que los resultados en las diferentes áreas de política educativa, resultados incipientes en la construcción de un sistema de evaluación en el ámbito de la educación básica a dos décadas de haberse descentralizado los servicios, obedecen por un lado, a la dificultad de lograr una acción pública coordinada en un sistema descentralizado y por otro –en estrecha relación con lo anterior–, a deficiencias en la concepción de la propia política de evaluación. Esto último, en el sentido de que se relega el carácter endógeno de la tarea evaluativa como un proceso que al ser intrínseco a la gestión educativa en sus diferentes niveles –desde el centro escolar hasta el propio ministerio nacional-, debiera construirse “desde dentro” y articularse en forma progresiva del nivel micro al macro, del nivel local al nacional. Y entonces, complementarse con la evaluación de carácter externo.

 

Nova Gob

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