Marco Antonio Fernández Calderón, rector nacional de la Universidad Católica Boliviana San Pablo (UCB) desde 2013, habla de los rezagos de la educación superior en Bolivia y del disloque con los planes del Estado. En este sentido, sostiene que el plan nacional de desarrollo económico y social debería indicar, convenir con las universidades, qué tipo de carreras necesita el país.

Licenciado en Economía por la UCB, Fernández Calderón tiene sendas maestrías en Economía Empresarial del INCAE (Costa Rica) y  en Administración de Empresas de la Universidad de Tulane (EEUU), además de estudios de especialización en las universidades de Harvard y Babson, ambas en EEUU, con 20 años de docencia en  pregrado y posgrado.
Al cumplirse 50 años  de la fundación de la Universidad Católica, Fernández Calderón evalúa los aportes de la institución al desarrollo de Bolivia.
¿Cuál es su evaluación de estos 50 años? 
En estos 50 años hemos tenido un desarrollo que nos deja muchas satisfacciones y también muchos desafíos. La universidad nació en mayo de 1966, se inició con 31 estudiantes y dos carreras en La Paz: Economía y Administración de Empresas. Poco tiempo después abrieron Comunicación Social y Psicología. Son nuestras carreras fundadoras. Incluso, en los casos de Administración de Empresas, Comunicación Social y Psicología, no había esas carreras en el país. Entonces yo diría que ese es un primer aporte muy importante al país.
Si hacemos un salto rápido, 50 años después nos encontramos con un crecimiento que habla por sí solo: 14.000  estudiantes a nivel nacional, 6.000 de ellos en La Paz, y 31 carreras con presencia en cuatro departamentos: La Paz, Cochabamba, Santa Cruz y Tarija,  no sólo en el área urbana sino también en el área rural. En La Paz con las unidades académicas campesinas de Tiwanaku, Batallas, Pucarani y Carmen Pampa, y en el oriente con Comarapa y Muyurina.
La universidad ha crecido también en valores cualitativos. Estamos muy orgullosos de nuestro nivel de investigación. El Instituto de Investigaciones Socioeconómicas fue fundado en la década de los 70 y contribuyó mucho en el área de economía. También tenemos logros muy interesantes como la Maestría para el Desarrollo, que lo desarrollamos mediante un convenio con la Universidad de Harvard.
Ha sido un programa que ha revolucionado la manera de hacer maestrías en el país. Cuando uno mira hacia atrás ve también que se han cumplido los motivos por los cuales fue creada la universidad: la presencia de la Iglesia Católica en el mundo de la educación superior y la formación de  profesionales que pudieran contribuir a la construcción de un orden temporal querido por Dios.
¿Cuál ha sido la contribución de la Universidad Católica al desarrollo del país?
Tenemos 28.000 graduados en 50 años. Son muchos hombres y mujeres que han compartido sus conocimientos, su experiencia, y también son muchos los jóvenes que tenían el sueño de alcanzar una profesión y lograrla con sacrificio, con altos niveles de calidad. Eso ha permitido que tengamos profesionales en muchas disciplinas que están liderando en sus campos y que han hecho una contribución al desarrollo inclusive institucional del país. Estos profesionales salen también con nuestros principios y convicciones, de que no solamente se trata de obtener una profesión, sino los valores que les permitan asumir una responsabilidad de cara a su país, a su ciudad y a sus comunidades.
A escala internacional, ¿cómo se ubica la Universidad Católica dentro de los rankings  sobre las mejores universidades del mundo?
En los rankings que han estado midiendo a las universidades latinoamericanas aparecen la Universidad Mayor de San Andrés, la San Simón y la Universidad Católica. Hay otros  que se orientan a disciplinas específicas, por ejemplo las escuelas de negocios. También hemos comenzado a aparecer en los rankings de maestrías, con la Maestría para el Desarrollo, por ejemplo, que hace la prestigiosa revista Nueva Economía, entre las 30 mejores escuelas de negocios en Latinoamérica.
También estamos en un ranking a nivel de pregrado que elabora anualmente un conjunto de rectores. Por otra parte, somos parte de algunas redes internacionales en diferentes disciplinas. Por ejemplo, de una red de universidades que investigan el fenómeno del emprendimiento y  una red de la Escuela de Negocios de Harvard que es sobre competitividad. Es un grupo selecto de 40 universidades que se reúnen cada fin de año en la Universidad de Harvard. En el ámbito internacional se nos conoce y eso se traduce en una cantidad de convenios.
¿Cuál es su diagnóstico de la educación superior en Bolivia?
La universidad  en general tiene tres misiones: la primera es la de formar y proporcionar conocimiento a quienes vienen a sus aulas, la segunda es la de investigar y la tercera es la de proporcionar a la sociedad productos de conocimiento aplicables para satisfacer sus diferentes necesidades. Si uno dice cuál de estas misiones se estaría cumpliendo con mayor amplitud en Bolivia, con mayor pertinencia, yo diría que la primera, porque la segunda, que es la de investigar, amerita una construcción muy compleja, muy costosa  y porque para hacer investigaciones, que también son las que permiten valuar a las universidades y es un elemento importante en los rankings, se necesita tener capital humano adecuado.
Cuando hablamos sobre investigación y capital humano, estamos hablando de académicos con grado de doctorado. Ahí tenemos un gran desafío  como país y como universidades. Brasil tiene aproximadamente 170 mil doctores,  Chile 70.000 y  Colombia 45.000. En Bolivia tenemos alrededor de  mil doctores. Sólo la Universidad Católica de Chile tiene alrededor de 1.500 doctores  y su principal tarea es investigar. Bolivia está en una situación desventajosa. Este es un desafío muy grande.
Los gobiernos nacionales son los que han empujado de una manera decidida la formación de su capital humano, porque son inversiones importantes. Estos académicos con grado doctoral responden a una estrategia nacional de desarrollo, porque se supone que ellos van a aportar el conocimiento por el lado de la investigación para encarar los retos que tenemos como país a nivel de transformación productiva.
Y en este desafío, ¿cómo vamos? 
Hay dos apreciaciones, una a nivel  de país y otra a nivel de la propia universidad. A nivel nacional hay que partir del convencimiento de que en la educación superior  hay que darle prioridad a la formación del capital humano. La estrategia y las normas que permiten a las universidades la utilización de los recursos tienen que estar destinados a formar capital humano. Las inversiones que se han hecho hasta ahora más han sido en activos fijos, en equipos de laboratorio, edificaciones, pero los ladrillos no piensan, no aportan, no innovan, no crean.
Por otra parte, debería haber recursos concursables para temas de investigación para  impulsar, motivar y ofrecer condiciones adecuadas a quienes quieran tener como proyecto de vida la academia. El Gobierno  debería tener también una estrategia nacional de formación de recursos humanos; afortunadamente, aunque digamos tímidamente, ya ha habido algunas invitaciones creativas ponderables del Gobierno cuando nos habla de 100 becas para formar graduados de las universidades que vayan a estudiar sus maestrías y ojalá sus doctorados.
Ese es un buen comienzo, pero necesita ser parte de una prioridad en la estrategia nacional del desarrollo. A nivel de Universidad Católica, somos una universidad de derecho público,  pertenecemos al sistema de la Universidad Boliviana, pero no recibimos recursos del Estado. Afortunadamente, la Universidad Católica, también fruto de su esfuerzo y su buen nombre, tiene la solidez financiera necesaria para encarar este reto.
Nuestro Plan Estratégico 2014-2020 prevé la formación de una comunidad científica a través de la formación de académicos con grado doctoral. Es una prioridad. ¿Y en qué formar doctores? Hay que definir las líneas estratégicas de investigación que hacen falta. Hemos definido nuestras líneas y a partir de eso hemos establecido un diseño de un programa que permita justamente tener los doctores adecuados de acá a cinco años. Por ejemplo, tenemos un convenio con la Universidad Politécnica de Valencia para formar doctores en el área de recursos hídricos.
También vamos a formar otros 25 doctores en áreas vinculadas con la seguridad alimentaria, el desarrollo productivo y con temas que  tengan que ver con ciencia, tecnología, innovación y emprendimiento. Estamos en otro proyecto con el Gobierno de Bélgica y las universidades flamencas que nos van a ayudar a formar nuestro capital humano. Con los doctores que ya tenemos vamos a empezar a hacer investigaciones de carácter aplicado que sirvan para solucionar problemas del país.
Usted dice que la formación de profesionales debería estar ligada a los planes de desarrollo, ¿cómo está actualmente el engranaje de las universidades con los planes del Estado? 
Actualmente hay un mecanismo que produce probablemente en forma automática ese engranaje y es la demanda que tienen los jóvenes, que no significa que sea la única forma en que se debe engranar. Los jóvenes cuando terminan el colegio se hacen esta gran pregunta: ¿qué voy a estudiar? Y ahí se produce un efecto de demanda ante las universidades, y las universidades tienen que articular su oferta. Eso es parte de la realidad, pero no es toda la realidad. El engranaje debería venir claramente del Gobierno.
El plan nacional de desarrollo económico y social debería señalizar, convenir con las universidades, qué tipo de carreras deberían ser activadas y motivar a los jóvenes. Eventualmente, algunas universidades son más activas en su marketing, en “vender” esta u otra carrera, pero eso debería estar necesariamente conectado a los planes de desarrollo. Esa articulación no debería venir solamente del mercado, sino debería darse de manera formal y explícita entre el proyecto nacional de desarrollo y la contribución de las universidades a nivel de formación del capital humano.
Nosotros de alguna manera hacemos esto. Estamos muy conscientes y muy atentos a las decisiones de inversión que el Gobierno va haciendo en diferentes sectores, por ejemplo la petroquímica. Se habla de que en el sur del país se van a invertir más de 2.000 millones de dólares. Entonces uno puede concluir que allá va a haber una gran necesidad de cierto tipo de profesionales. Esas son señales que ahora ciertamente las estamos traduciendo en nuestro Plan Estratégico institucional, en nuestras propias estrategias regionales.
“A los estudiantes del siglo XXI no se les puede enseñar con los criterios de antes”  
Fernández Calderón dice que la tecnología también ha traído profundos cambios en el mundo de la educación superior. Ésta ya no puede ser solamente presencial y debe encarar los desafíos de la educación virtual. La UCB tendrá  una unidad que le va a permitir ofrecer educación virtual a distancia.
Sin embargo, cree que la educación debería ser bimodal. “Los programas tienen que ser un mix entre lo virtual y lo presencial”, sostiene. Hay muchos temas que sólo se  los puede cultivar en forma presencial y otros más complejos, que requieren más rigurosidad, en que la tecnología sí puede ayudar. “A los estudiantes del siglo XXI no se les puede enseñar con los criterios y elementos  que se lo hacía usualmente”, afirma.
La UCB  empezará este año la construcción de un centro de tecnología, innovación y emprendimiento en  Achumani. “Es un centro especial para encarar estos temas, donde la tecnología va a ser muy importante. Y el otro gran tema que va unido a este es el de los laboratorios con una tecnología adecuada”.
“Por otra parte, ahora las escogencias de los estudiantes en materia de carreras son muy especializadas.  Eso significa que las universidades, como ahora lo estamos haciendo nosotros, van a tener que encontrar un nuevo modelo académico para satisfacer las nuevas demandas y necesidades”, concluye.
“El reto de la UCB es hacer una universidad más inclusiva”
El auge económico de los últimos 10 años, según el rector nacional de la UCB, ha contribuido a que jóvenes provenientes de sectores que antes no tenían acceso a la educación superior  hayan logrado acceder incluso a universidades de pago, pero, a pesar de ello, la autoridad académica reconoce que aún hay un desafío al respecto.
“La Universidad Católica tiene una política de becas importante porque sabemos que hay muchos estudiantes que si no tuvieran estas becas no podrían venir. Sin embargo, creemos que este es también uno de nuestros desafíos para los próximos 50 años, hacer una universidad más inclusiva”, sostiene.
“Ahí partimos de nuestros propios valores católicos. Pensamos que Dios ha distribuido el talento en forma igual, pero que muchas veces los sistemas que hemos creado los hombres han tenido fallas”, agrega.
La universidad tiene un programa, denominado “UCB Inclusiva”, que busca identificar a los mejores talentos, particularmente en lugares remotos sin acceso a la universidad. “A ellos queremos identificarlos y queremos ofrecerles becas para contribuir a su formación. Creemos que estos jóvenes van a contribuir en sus regiones. Este es probablemente uno de los proyectos más preciados que tenemos. El Señor ha repartido talento en todas partes, pero tenemos que salir a su encuentro”, concluye.