Una cita anónima dice que la gente con prejuicios solo ve aquello que coincide con sus prejuicios. ¿En cuántas conversaciones de la vida cotidiana hemos hablado de los jóvenes dando por sentado que conocemos, con total seguridad, el segmento poblacional al que nos estamos refiriendo?

¿En cuántas ocasiones, con cierta arrogancia generacional y desde nuestra estereotipada mente, hemos repetido algunos tópicos no comprobados sobre el imaginario político y cultural de las nuevas generaciones? Desde una perspectiva demoscópica (en griego demos=pueblo, scopia=acción de observar), creo firmemente que solo los jóvenes pueden saber lo que quieren los jóvenes, y solo con investigación profesional y rigurosa de opinión pública podemos aproximarnos a conocer sus deseos y pensamientos.

Por esta razón, quiero compartir los que a mi juicio constituyen 4 mitos muy extendidos acerca de los jóvenes ecuatorianos, para contrastar, desde los diversos estudios realizados, cómo se nos presenta una evidencia diferente a la que tenemos grabada en nuestro pensamiento. El primero de estos mitos es que existe un grupo homogéneo identificable como “jóvenes”.

Todos hablamos de ellos, pero, ¿a qué nos referimos cuando usamos esta categoría taxonómica? Si bien la juventud ha sido definida de múltiples maneras por ser un concepto construido histórica y socialmente, lo más frecuente es que se utilicen criterios demográficos para enmarcarla en un periodo de edad que, dependiendo de los contextos socioculturales, puede ir desde los 15 años hasta los 29 años (e incluso más).

Como es fácil imaginar para el lector, dentro de esta camisa de fuerza conceptual se oculta un crisol de realidades totalmente diferentes. ¿Tendrán los mismos sentidos hacia lo político un joven de 15 años de estrato popular del área rural de Manabí, que un “yuppie” de 29 años que vive en la zona de Quito Tennis? Lo cierto es que la realidad social es compleja y multidimensional.

No existen los jóvenes o la juventud, sino los múltiples tipos de jóvenes o de juventudes. Esto nos obliga a realizar, desde la investigación, una segmentación más precisa para caracterizarlos, si no queremos caer en generalizaciones riesgosas y equivocadas. Otro de los prejuicios es: los jóvenes tienen valores y demandas contraculturales. Quizás nos hemos tomado demasiado en serio eso de que la juventud es rebelde por naturaleza. O nos hemos empapado tanto de cierta narrativa izquierdista, que hemos asumido, acríticamente, el arquetipo de una juventud contracultural, progresista –y hasta revolucionaria- que automáticamente pone en cuestionamiento los valores transmitidos por la generación de sus padres. Algunos estudios como la Encuesta Mundial de Valores del 2013 muestran una realidad diferente en Ecuador.

En términos generales, la mayoría de jóvenes ecuatorianos tiene, al igual que sus padres, valores claramente conservadores en aspectos morales; y se inclinan más por concepciones de tipo tradicionales que seculares. Esto implica un alto rechazo a temas como el aborto o la diversidad sexual, así como la gran importancia del respeto por la autoridad, la religión y Dios. Además, optarían por inculcar principios de obediencia –más que de independencia- a sus hijos. Una caracterización que pone en duda la supuesta agenda contracultural que se atribuye a los jóvenes cuando se analizan sus motivaciones políticas y electorales. Otro mito es que los jóvenes son idealistas y tienen valores “posmaterialistas”.

El sociólogo y politólogo estadounidense Ronald Inglehart observó que el impulso económico sin precedentes que vivieron las naciones occidentales, durante las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, provocó un importante cambio cultural. El desarrollo, según él, conllevó una emergencia de valores posmaterialistas, tales como la mayor preocupación por la calidad de vida, la protección del medio ambiente, la participación en las decisiones políticas o la defensa de los principios de libertad y autoexpresión.

Estos valores habrían desplazado a las preferencias materialistas tradicionales de la población, basadas en los principios de supervivencia, el bienestar económico, la seguridad física o el orden interno de la nación. ¿A quién no le han presentado, alguna vez, una quijotesca imagen sobre los jóvenes, cuales soñadores inmiscuidos en luchas libertarias y ecologistas con el ímpetu de cambiar el mundo en el que vivimos?

A pesar del importante desarrollo económico y social que ha vivido Ecuador durante los últimos años, no hay evidencia suficiente que vislumbre este supuesto cambio cultural en las nuevas generaciones del país. Citando de nuevo la Encuesta Mundial de Valores, en la que se explora una escala de posmaterialismo que trata de medir el cambio cultural mencionado, queda retratado que la mayoría de los jóvenes ecuatorianos no ha desplazado sus preferencias materialistas por el bienestar económico o su seguridad física.

Esto sería algo normal y propio en un país con grandes anhelos, aún, de desarrollo económico y social. Si realmente hubiera existido ese supuesto marco cultural posmaterialista, probablemente un candidato como Alberto Acosta hubiera obtenido una votación mucho más alta en las pasadas elecciones presidenciales en 2013. Uno de los prejuicios más repetidos por analistas es que la Revolución Ciudadana no tiene jóvenes en sus filas, porque ellos no vivieron hechos del pasado como el feriado bancario.

Otros estudios, como la Primera Encuesta Nacional sobre Jóvenes y Participación Política en Ecuador de 2011, ponen de relieve el magro apoyo de los jóvenes hacia la democracia y el desinterés que tienen tanto en la política como en las diferentes formas de participación. El estudio cualitativo realizado por Tatiana Larrea en 2007 explica este comportamiento en el marco de una herencia arrastrada en el país, pues tanto las nuevas como las antiguas generaciones nunca acostumbraron a reclamar, ni organizarse y mucho menos a participar activamente en la política. Comportamientos que no han cambiado, sustantivamente, en los últimos años con la Revolución Ciudadana. El cuarto mito se refiere a: la Revolución Ciudadana ha perdido a los jóvenes.

Ellos no vivieron el pasado. Este es uno de los mitos más cacareados por analistas –y no analistas. Parte de una consecuencia de estereotipar el comportamiento político de la juventud dentro de los patrones contraculturales. Hay ejemplos históricos que, precisamente, señalan lo contrario: los nuevos ciudadanos también tienden a votar de acuerdo con la atmósfera en la que socializaron políticamente, y esto puede crear, en el largo plazo, generaciones con tendencias de sufragio estables en el sistema político de un país.

Dos ejemplos paradigmáticos son la generación de la Segunda Guerra Mundial en Europa, o la generación de mayo del 68 en Francia. Quizás es pronto para caracterizar a la incipiente generación de la Revolución Ciudadana, pero una investigación cuantitativa y cualitativa de CIEES (Centro de Investigaciones y Estudios Especializados) pone de relieve 2 detalles. El primero, que los jóvenes no olvidan el pasado: el hecho de no haber vivido la época anterior a la presidencia de Rafael Correa no los convierte en ignorantes históricos de la crisis político-económica y el periodo de desencanto generalizado en el país.

El segundo es, esto es extensible a la mayor parte de encuestas realizadas, que en raras ocasiones se observa una diferencia significativa por grupos de edad en el apoyo a la Revolución Ciudadana y la valoración de la gestión del presidente Correa. Es decir, los nuevos votantes también apoyarían como primera opción política y electoral al actual Gobierno y a los posibles candidatos de PAIS que sucederán a Correa en 2017.

Publicado en El Telégrafo