Una federación de ciudades

Rosaura Ruiz –

Directora de la Facultad de Ciencias y candidata a la Rectoría de la UNAM.

La UNAM es una de las instituciones mexicanas con mayor prestigio, tradición y credibilidad en el mundo, y una de las principales fuerzas de nuestro país para lograr su desarrollo y progreso cultural, económico y social. Es además una de las instituciones más arraigadas en el sentir colectivo. Debido a esta trascendencia, y a su magnitud, enfrenta constantes retos ya no sólo para sostenerse y mantener sus niveles, sino para renovarse constantemente y adaptarse para cumplir con sus tareas sustantivas: la enseñanza, la investigación y la difusión de la cultura y las artes.

En este proceso de transformación y renovación constante, la UNAM debe, ante todo, privilegiar a sus estudiantes, pues estos son su razón de ser. La apuesta debe ser ofrecerles servicios de calidad (materiales y humanos) y una formación integral que complemente el enfoque académico con actividades culturales, recreativas y deportivas. Se debe combatir el rezago y ahondar el ya existente y muy atinado Plan de Apoyo Integral al Desempeño Escolar de los Alumnos (PAIDEA), que incluye un sistema de tutores y cursos de regularización, servicios de atención a problemas de salud y el otorgamiento de becas alimentarias y de otro tipo.

Otro reto insoslayable es fortalecer el bachillerato de la UNAM, ya que pese a los grandes esfuerzos que se han realizado en la última década, el desempeño de los alumnos continúa por debajo de las expectativas. Por ello propongo impulsar la mejora del desempeño docente, y desplegar acciones y estrategias que brinden a los estudiantes condiciones óptimas para el desarrollo de sus capacidades, en un ambiente de trabajo digno e inspirador.

Asimismo, la expansión de la cobertura de la educación superior en México es un reto constante. Sin duda, es necesario elevar la matrícula de todas las instituciones de educación superior en México, pero la verdadera apuesta debe estar en crear nuevas universidades e instituciones públicas de educación superior en México. En esto la UNAM puede apoyar al Estado con toda su fuerza, conocimiento y recursos humanos.

Es importante lograr la modernización y renovación de la institución en el sentido amplio, desde lo material (mantener en estado óptimo su infraestructura), lo propiamente académico y los procesos administrativos y de trámites escolares, hasta la expansión de sus servicios por medio de las tecnologías de la información y la comunicación, y la exploración de las oportunidades que se abren en el espacio digital. Con este fin propongo un plan para la modernización, simplificación y desconcentración administrativa, para poner la administración al servicio de la academia.

Considero fundamental promover y desarrollar la investigación ínter y transdisciplinaria de largo plazo para la atención y generación de soluciones a problemas regionales, nacionales y globales, así como crear un programa de Investigación, Innovación y Desarrollo Académico; seguir impulsando la investigación básica; consolidar e innovar los modelos educativos universitarios; crear un programa de promoción académica para profesores que permita, a quienes no los tienen, realizar estudios de posgrado; crear seminarios para mejorar la enseñanza; promover con los investigadores y académicos la cultura de la protección intelectual, en particular el patentamiento y los derechos de autor, y fortalecer la Red de Educación Continua y la Educación a Distancia, entre otras muchas acciones.

Pero la UNAM, por sus características propias, va más allá de sus cerca de 400 mil integrantes activos actuales, y se convierte en una serie de campus que pueden ser entendidos como una federación de ciudades, con las problemáticas típicas de todo gran asentimiento humano. Por ello, propongo efectuar un plan enfocado a que los campus universitarios sean seguros, sustentables y saludables –tanto para la comunidad como para quienes nos visitan–, que abarcará campañas para involucrar a las y los universitarios en construir ambientes armónicos de convivencia; promover el respeto a la diversidad sexual; erradicar el acoso sexual, la discriminación por género, por etnia o por nacionalidad; seguir impulsando la equidad y la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres; y promover estilos de vida saludables, así como dar seguimiento a los programas impulsados por el Programa Universitario de Medio Ambiente (PUMA).

El reto es lograr una gobernanza eficaz que sea el sustento de la calidad, la buena orientación administrativa y el uso racional de los recursos; que permita mejorar el funcionamiento de los procesos y estructuras de la organización institucional, y lograr una mayor transparencia en las acciones realizadas para alcanzar los objetivos y las metas comunes.

La UNAM es hoy en día la conciencia crítica y reserva moral del país, por lo que está obligada a responder con actos y propuestas concretas a las necesidades locales y a rendir un servicio al pueblo mexicano. Es momento de que la UNAM abanderare nuevamente un esfuerzo nacional en pro de la educación, en todos los niveles, ya que contamos con los expertos.

Las UNAMS de la UNAM

Manuel Gil Antón –

Profesor del Centro de Estudios Sociológicos de El Colegio de México.

Sin título-2

No digo nada nuevo. La UNAM contiene muchos, distintos, diferentes y desiguales espacios. Así es. Los que saben sobre el conocimiento humano suelen decir que la escala de observación (donde está ubicado el que ve) hace al fenómeno (lo que observa). Llevan razón.

Dice Tony Becher que si uno es ocupante de un transbordador espacial que se aproxima a la Tierra, de lejos tendrá ante sí una esfera uniforme. Conforme se acerque, reducida la distancia, distinguirá masas de tierra de océanos. A punto de aterrizar, “la visibilidad de todo el planeta proporciona un panorama localizado mucho más detallado, que podría incluir las costas y las montañas, bosques y lagos y, posteriormente, ríos, carreteras, vías ferroviarias, casas, jardines, árboles y el tráfico”. Culmina así: “En cada etapa sucesiva, hay un equilibrio entre lo comprehensivo y lo específico. Ver el todo es verlo ampliamente, sin tener acceso a lo determinado. Ver las partes es ver a profundidad, sin tener el panorama general” (“Las disciplinas y el académico”, “Universidad Futura” 10, verano del 92, UAM-A).

¿De qué hablamos cuando nos referimos a la UNAM? Sin ubicar la posición del que mira y comenta, no nos entendemos. Afirmamos algo desde fuera, y un colega nos refuta con base en la experiencia cotidiana de su facultad: ambos decimos algo sobre la institución, pero el fenómeno al que nos referimos varía. Por eso es difícil entendernos. Para poderlo hacer, es preciso advertir al contertulio dónde estamos y qué es lo que, dado nuestro enfoque, se alcanza a ver. No es lo mismo, aunque tampoco está radicalmente separado.

Valga un ejemplo: sin trabajar en ella, quien ahora escribe, situado en otra institución, reconoce el peso que tiene lo que dice o calla el rector de la UNAM. Durante estos años advertí en el Dr. Narro una voz que señaló y denuncia, con más autoridad e impacto que los partidos y los partidarios de la izquierda, los graves problemas nacionales: desigualdad, pobreza, abandono de los jóvenes, impunidad y falta de una perspectiva global que guiase el camino del país. Voz relevante sin duda. Al comentarlo con amigos que laboran en alguna escuela, refutaban mi parecer, pues tenían la expectativa de una reforma a los planes de estudio, o la reparación de la infraestructura en su espacio de trabajo que no había ocurrido. Si de eso era responsable el rector o no, se le atribuía el incumplimiento de lo esperado, y por tanto su gestión se cuestionaba. ¿Quién tiene razón? Resulta estéril plantearlo así: la distinta escala de observación hace inútil la contienda: es preciso distinguir el diferente nivel en el que nos encontramos y, a través del diálogo, apreciar que ambas posiciones pueden tener, nunca la razón definitiva, pero sí sentido. Y eso importa al dialogar o debatir.

Por ello, sin pretensión alguna de agotar el tema, y menos sostener que son “los temas” cruciales, sino los que advierto desde mi campo de estudio: el análisis sobre la educación superior pública en su conjunto, compartiré algunos.

  1. A lo lejos: la UNAM es una institución y un símbolo. Encarna lo que se entiende, y se concibe, como un valor profundo y un sitio a preservar: el espacio más importante para el pensamiento libre, en ocasiones crítico, fincado en la autonomía. A su vez, es el lugar del que surge la mayor y más importante producción de conocimiento científico y en lo que toca a las humanidades. La amplitud de campos del saber que se cultiva en ella no la tiene ninguna otra institución en la república. Esto no significa que, fuera de sus linderos, no existan importantes avances en el conocimiento. Incluso que en los temas que trabajan, puedan superar lo que en la UNAM se produce. Pero la extensión y diversidad de lo logrado en la Nacional es incomparable. Por su data, tradición y cuantía de recursos públicos asignados sería inesperable (e inaceptable) que no fuese así. Este rasgo de símbolo y primacía, en el conjunto de una educación superior mexicana que ya cuenta, hoy, con cerca de tres millones y medio de estudiantes, 340 mil profesores, una tasa bruta de cobertura equivalente al 35% del grupo de edad normativo y más de dos mil instituciones de todo tipo, persiste y es notable.

Desde el mismo mirador, la UNAM ocupa, para bien en muchos casos, pero también con un dejo de paternalismo en otros, un liderazgo que se expresa en frases tales como: “la empresa cultural más importante del país”; “el sistema de “capilaridad social” señero en la república”; “la casa editorial más importante de América Latina” o la que, de verdad, es una universidad con toda la barba, toga y birrete. Es común escuchar a los colegas azul y oro decir que van a la universidad, y al preguntar a cuál, responden: pues a la UNAM, o qué: ¿hay otra? Incluso, entre nuestros compañeros de oficio pumas, hay rivalidad a veces seria y soterrada, y otras más bien derivada del cariño: voy a la facultad. ¿A cuál? Pues a Ciencias, o Filosofía, o qué: ¿hay otra? Cada una es, para quien es de ahí, “la facultad”: no requiere apellido.

Sin entender esta dimensión, y lo que tiene de positivo y limitado, no se comprende a esta institución que, a veces, reclama 450 años de edad como continuidad de la Pontificia, otras 100 y pico desde las fiestas del primer centenario de la Independencia (a escasos días de que Díaz viera estallar su confianza en la minoría de edad política de los mexicanos) o menos si la data fundadora se fija en la Ley Orgánica hoy vigente. Lo dicho: desde ese mirador, la UNAM es signo de autonomía, de las pocas entidades que conservan y expresan el valor de lo público y nacional, de contrapeso ante los poderes constituidos, no siempre real, pero sostenido como saga y sentido de identidad no solo de quienes la habitan, sino de muchos otros sectores sociales. La UNAM es la UNAM. Y basta.

  1. A media altura: ya se ven zonas diferenciadas desde este punto de vista. En este caso, creo que pasamos a una UNAM más asequible a los detalles, y a las UNAMs que la conforman: no sólo son diversas, sino desiguales en sus recursos, fama y condiciones de trabajo.

Esa UNAM, más cercana a la vista intermedia, oscila entre dos perspectivas: la preservación de la figura de la universidad vertical, análoga a la etapa del presidencialismo de ayer y hoy. Un señor que manda, aunque sólo manda lo posible para conservar la imagen que manda con acierto; otros señores feudales que ordenan de acuerdo a lo mandado, como condición de llegar, algún día, al anhelado Sexto Piso. Además, con cuerpos colegiados a modo y un sistema “cardenalicio” en su Junta de Gobierno: 15 purpurados, que, de manera similar al pacto de las élites políticas nacionales para trasladar el mando presidencial (sin tiros, muertos y asonadas) a otro miembro de la aristocracia o el aparato, dirigen un proceso semejante –”sin influencia política interna y externa” cuando está pletórico de ella– en el que están ausentes tres valores que ya son patrimonio de la vida social hasta en la Suprema Corte: información, transparencia y rendición de cuentas. ¿Conciencia de la Nación cuando el sigilo, así dicho por quien dirigió el Instituto Nacional para la Transparencia, se postula como valor a preservar en la UNAM?

Oscila, digo, entre este proceso reservado y opaco, producto de una etapa previa convulsa que se ha mitificado como “el adecuado por naturaleza”, a alternativas que apuestan por la transparencia y la rendición de cuentas. Minoritarias quizá; no intrascendentes.

En cuanto al personal académico, ya visible en esta etapa de aproximación, reproduzco lo que me han dicho varios unamitas a lo largo de los años: no es lo mismo estar en un Instituto que en una facultad en CU; difiere harto si trabajas en las prepas o CCH; incluso no es igual lo que ocurre en la 6 que en la 8, ni en el CCH Sur que en el Vallejo. Tampoco, siendo la misma institución, se reparte de manera análoga el prestigio si se está cerca del Estadio o en una Facultad de Estudios Superiores, digamos Iztacala.

De las tres decenas de miles de profesores en números redondos, una quinta parte son de tiempo completo, con acceso a prestaciones y recursos inaccesibles al resto. Entre la mayoría, los profesores por hora, hay quienes así lo quieren por su relación con otros mercados o actividades, pero una proporción, no menor, son profesores de “tiempo repleto” merced a la cantidad de horas clase que han acumulado. Sin sabático, acceso a beneficios adicionales ni un despacho para atender a los estudiantes, sostienen la mayor parte de la docencia en licenciatura.

¿No sería posible mejorar las condiciones de trabajo, haciéndolas equivalentes en calidad, sin disminuir la diversidad de niveles de estudio y tareas centrales? Diversidad, necesaria. ¿Desigualdad inevitable? Es un reto.

  1. A ras del suelo: como en toda la educación pública en México, en la UNAM se puede hacer la mejor carrera posible a nivel mundial, o en ocasiones, si no la peor, sí una muy diferente. La planta académica es añosa, y los sistemas de renovación no han podido ser tan eficaces como se esperaría. La jubilación es un barranco, con apenas unos puentes colgantes inestables… Sin embargo, no hay duda de que es la universidad de avanzada en relación al problema de la inequidad de género; también, para muchos estudiantes es el sitio de encuentro con un tipo de cultura de otro modo inalcanzable, y pasa lo mismo con sectores sociales no adscritos a la universidad que se acercan: museos, auditorios, teatro, cine, danza. Es una institución que impregna hasta el tuétano la identidad y el sentido de pertenencia: si no se lleva al extremo de la exclusión de los otros, es muy valiosa.

En ocasiones, se estima, creo, en demasía lo que hoy se llama gobernabilidad, y se excluyen procesos de cambio. No es menor la tranquilidad para el trabajo académico, pero es diferente la calma a la consolidación de formas arcaicas sin esfuerzo por renovación.

Signo, territorio enraizado de valores de los que se puede diferir, pero son parte de su tradición. Avanzada del país en ciertas dimensiones, y, al tiempo, sin acusar recibo de actitudes ya comunes en el país, como la rendición de cuentas en sus procesos de elección. Centralista, productora del saber más completo, anquilosada aquí, al mismo tiempo que creativa allá… Ejemplo en la defensa de la dimensión de género o los derechos humanos en la educación pública, en la apertura de toda la UNAM en línea, o en la información sólida que permite pensar su futuro. Insignia para bien: solidaria; modelo único a veces, altiva, sin reconocer la diversidad de la educación superior actual. Crítica, sí, en ciertos lares, pero también funcional a empresas y sectores públicos en otros. Espacio en que confía la sociedad, hasta para llevar bien las cuentas en las elecciones.

Decir compleja ya es un tópico, un lugar común: creo que quizá la delimitan mejor las nociones de diversa y contradictoria: viva. Llena de retos, pero bien avituallada de fuerza y capacidad: es, son, serán estas UNAMs de la UNAM, y muchos más problemas, desafíos y potencial para enfrentarlos, el referente en los programas que den a conocer quienes aspiran a ocupar la rectoría muy pronto.

Si es tan complicado escribir de ella sin ser impreciso, doy fe, menuda tarea será coordinar su cambio en la permanencia de su tradición renovada, y la permanencia que no conserve esclerosis sino patrimonio en el cambio. Pronto se va a elegir a quien ocupe la oficina, pero no basta: lo que es crucial es la conformación de corrientes de pensamiento universitario, modificando formas institucionales, a pesar de la prevalencia de un sistema que convoca al asilamiento para conseguir dinero extra, y prestigio, cada quien. Voltear a ver al otro no es requisito, hoy, para subsistir: sin un nosotros fuerte, o varios, el debate por el futuro de la UNAM y sus UNAMS será en las alturas. Y allá, en las nubes, todo es cuestión de acomodarse…

mgil@colmex.mx

@ManuelGilAnton

El peso de los años

Axel Didriksson T. –

Investigador del Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación de la UNAM. Presidente regional de la Global University Network .

reforma-educativa1

Como una “Macrouniversidad” (Axel Didriksson, “Las Macrouniversidades en América Latina y el Caribe”, IESALC-UNESCO, Caracas, 2007), la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) tiene muchas cosas que le sobran y muchas que le faltan. Con sus años a cuestas, la pesada estructura que mantiene da muestras de su anquilosamiento, y todo lo que le falta tarda tanto en llegar que un tiempo muy valioso se va perdiendo, cuando la sociedad requiere de una universidad madura, pero activa y protagónica, en sus quehaceres y deberes.

La UNAM es una institución compleja, de gran raigambre nacional. Sin embargo, durante sus más de cien años no ha podido realizar reformas sustantivas en sus estructuras y funciones fundamentales, por una u otra razón, y va cargando con su larga historia de gloria con hendiduras de gran calado, que merecen ser motivo de una gran reflexión de la sociedad y de su comunidad sobre su actual estado.

Es la universidad que ha alcanzado en la historia del país el más alto nivel de concentración de recursos materiales y humanos, presupuestales, de investigación en ciencia básica y tecnológica y que ha hecho emerger actores que han alcanzado un alto nivel de liderazgo. Es, como se presenta de forma evidente año con año, la universidad que tiene la más alta demanda social hacia sus estudios, tanto de bachillerato como de enseñanza superior (licenciatura y posgrado), pero también, en correspondencia, tiene un alto grado de deserción y de baja eficiencia terminal en todos sus niveles, y un personal académico que envejece y que trabaja en temas por demás repetidos, y en hacer puntos para mantenerse circunspecto.

Lo que le sobra a la UNAM, entonces, es su importancia nacional, su presencia en prácticamente toda la zona metropolitana de la ciudad de México, sus sedes y subsedes en la mayoría de los estados del país, el despliegue de sus funciones académicas, culturales y sociales nacionales que le permiten ser una autoridad en las posibilidades de construir un proyecto nacional. Por el contrario, lo que le falta es protagonismo frente a la debacle social y económica que se vive, frente a la impunidad y la riqueza mal habida, la violencia y los conflictos que nos agobian.

Hacia adentro, le falta impulsar una gran reforma interna, quizá no para rehacerla porque sería casi utópico, sino para emprender de forma más dinámica e innovadora la construcción de subsedes, crear una UNAM en cada estado con nuevas carreras de tipo intedisciplinario, institutos de investigación y posgrados, y sobre todo bachilleratos. Estas nuevas instalaciones de la UNAM no tienen porque competir con las universidades públicas de los estados, sino cooperar, establecer redes de colaboración científicas, académicas y orgánicas horizontales, para dar un salto de calidad en la educación superior a lo largo y ancho del país, en la oferta y demanda de jóvenes y talentos que se desperdician por la falta de opciones educativas como las que ofrece la UNAM.

En los últimos años, este escaso protagonismo de la UNAM se mostró de forma harto evidente en la discusión y luego en la puesta en marcha de la denominada reformar educativa. Qué tema más importante puede tener enfrente la UNAM si no es opinar y actuar respecto de la resolución de la agenda educativa, particularmente a raíz de la muy desafortunada reforma en contra del magisterio, que ha creado uno de los más grandes conflictos políticos y sociales. En eso y en otros tantos temas de urgencia y de inteligencia, la UNAM ha perdido la fuerza de su capacidad crítica y de su autonomía, y ha sido notable que, por conservar su estabilidad interna a rajatabla, se hayan enajenado su voz y sus propuestas para encontrar un mejor camino en la reforma educativa que el país urgentemente necesita, pero que ni ella, ni tampoco otra universidad de su calado, han podido incidir en lo que debería de haber sido dicho respecto de la educación que México necesita.

Tan pobre ha sido su papel en este tema, que el documento de propuestas sobre el sistema educativo que fue elaborado al respecto (José Narro Robles et. al., “Plan de Diez Años para Desarrollar el Sistema Educativo Nacional”), fue en los hechos enviado al bote de la basura de la oficina del entonces secretario de Educación de la SEP, Emilio Chuayffet, y los prominentes universitarios que se encontraban en dos altos puestos (a nivel de subsecretarios) de esa instancia de gobierno (la SEP) fueron removidos sin pena ni gloria.

Aún más, la UNAM, para los últimos tres gobiernos (dos del PAN y este del PRI), ya no luce como un motivo de gloria en sus discursos, porque tiene muy escasa influencia en la toma de decisiones sobre los temas educativos y de la educación superior, como es ahora absolutamente notable, y ha sido desplazada por los cuadros de alto rango en el aparato gubernamental o empresarial, que se sienten más cercanos a la efectividad de los modelos privados, o a los denominados de “World Class University” con referencia sobre todo a los de Estados Unidos, por cierto, como lo cree uno de los precandidatos actuales a la sucesión del rector José Narro.

Desde el plano interno, a la estructura de la UNAM también le sobra y le falta mucho. Le sobra una burocracia y algunas instancias de gobierno demasiado sobrecargadas y poco efectivas, como el Consejo Universitario (en donde los directores y las autoridades imponen su ley a pesar de las representaciones de miles de académicos, estudiantes y trabajadores), los consejos técnicos e internos que se suman a la verticalidad de otras instancias más poderosas (como las coordinaciones de Humanidades, de Ciencias y los consejos técnicos de las mismas), y otras que son casi formales y de poca envergadura, como los consejos de Área.

La Junta de Gobierno tiene aquí una especial condición de inutilidad y sobredeterminación, y ahora que está en el centro del debate universitario lo va demostrando. A la Junta de Gobierno, la existencia de una comunidad que se educa y se forma en conceptos como los de democracia, igualdad de oportunidades, equidad de género, derechos humanos, altos conocimientos, resolución de problemas complejos, y que lleva con mucho orgullo la idea de autonomía, como derecho a la autoorganización, le tiene sin cuidado. Le parece hasta molesto e innecesario que vayan cientos o miles de ingenuos maestros e investigadores y, peor aún, algunos estudiantes, para argumentar a favor de un o una candidata(o), porque para sus miembros el asunto prioritario no es escuchar a la comunidad sino a ellos mismos; es cómo alcanzar un consenso o una mayoría de votos a favor de los que ellos consideran puede mantener la estabilidad en la universidad, y no lo que la comunidad considera y desea.

Sin embargo, como paradoja, a la UNAM le han sobrado intentos de reforma interna tanto desde arriba como desde abajo, y como ejemplos, por ser los más conocidos, está el de la intentona de reforma del rector Jorge Carpizo que provocó el surgimiento del Consejo Estudiantil Universitario (CEU) en los años 80 y la realización de un congreso “resolutivo” que no tuvo ni pies ni cabeza; la reforma al Reglamento de Cuotas del rector Francisco Barnés que condujo a un paro de nueve meses, que terminó en una verdadera parodia de la que aún se jactan algunos de sus viejos líderes; y otras tantas menores, como la siempre fracasada reforma al curriculum del bachillerato o una escondida reforma al Estatuto del Personal Académico (EPA), de la que nadie dice nada, ni nadie se acuerda.

Sin embargo a la UNAM le sigue faltando una verdadera reforma en sus planes de estudio, en su oferta académica (son tan lentos sus procesos que deben pasar años para poder hacer modificaciones a un programa académico y crear un nuevo marco epistémico y de conocimiento), cuando en distintos países y universidades se han emprendido reformas verdaderamente sustanciales hacia fronteras de la ciencia y la tecnología y se han abierto líneas de trabajo trans e interdisciplinarias de manera profusa. En la UNAM, la creación de nuevas sedes o centros de trabajo académico pueden llegar a tomar hasta 10, 20 o más años, con lo que se han estado reproduciendo y ampliando brechas de conocimiento respecto de lo que ocurre en las áreas académicas relacionadas con las condiciones de existencia de la humanidad, y a duras penas pueden mencionarse algunos casos emblemáticos, como la constitución de áreas en Nanotecnología y Genómica y, recientemente, sobre la Complejidad, es decir unas cuantas, cuando hay una sobreoferta en las carreras más tradicionales: en Derecho, Administración, Medicina, Ingeniería, Economía, etcétera.

La UNAM se ha ido alejando del pensamiento crítico respecto de la sociedad en la que vivimos, y ha sido demasiado tolerante con las condiciones en las que se está desdibujando y descomponiendo el tejido social, a lo largo y ancho del territorio nacional. En los grandes temas de la agenda de país, ha estado como ausente, cuidando que nadie se salga del huacal, que los conflictos estén debidamente tolerados pero controlados, pero dejando de ser una voz activa en ellos. El caso más abrumador, lo reiteramos, ha sido el de la reforma educativa. Siendo la UNAM una institución que hubiera podido decir muchísimo al respecto, sobre todo por ser de su inmediato interés, simple y llanamente no tuvo la capacidad de convocar o poner un alto a las barbaridades que se han cometido en contra del magisterio y de la educación del país. Nada, aquí le ha sobrado su tamaño y le ha faltado carácter.

De manera especial, a la UNAM le ha faltado firmeza para decidir sobre su identidad y sobre su sector mayoritario de estudiantes y profesores. Me refiero al nivel de bachillerato. Tanto respecto de su opinión sobre el incompresible y ahora bastante obsoleto impulso a un “currículum por competencias” en la educación media superior, como, aún más, respecto a la urgente necesidad de emprender una gran reforma en el bachillerato y en las Normales.

Vale la pena detenerse un poco es este tema, dado que la UNAM tiene su origen en la Escuela Nacional Preparatoria (ENP), pero este nivel se ha quedado constreñido al espacio de la ciudad de México y ha dejado su carácter “nacional”. ¿Por qué no se ha decidido crear preparatorias o CCHs en todo el país, junto y a la par de las instalaciones que tiene la UNAM en tantos y diferentes estados de la República? Allí esta una tareíta para la nueva rectoría.

Por el contrario, en su vejez, la UNAM no ha podido comprender que su futuro está en su articulación con la ENP y el CCH. Se les ha comprendido de forma equivocada, se les ha subestimado y sobre todo se les ha considerado como un nivel inferior al de la licenciatura y aún más al del posgrado, cuando se trata del lugar en el que se forman los estudiantes para alcanzar, precisamente, trayectorias exitosas en su formación académica.

Dar un primer paso siempre será necesario para quitarse fardos y excesos de burocratización y procesos de control enredados, y para avanzar en lo que falta. Este paso está próximo a darse, y allí se verá si la Junta de Gobierno está a la altura de las circunstancias del país y de la necesidad de emprender cambios de fondo, que muestren capacidad de innovación y carácter. Esto se mostraría, es mi opinión personal, en poder contar con una mujer rectora, una científica que conozca la Universidad en todos sus niveles y ámbitos territoriales, que tenga mano firme y un proyecto de universidad que ponga el acento en su ser nacional y sobre todo en su autonomía; no en la copia de otros modelos de universidad, sino en la defensa del que tenemos hacia el futuro. Ya está sonando su nombre.

La siesta de veinte años

Sergio Cárdenas –

Investigador del CIDE.

Cuando Derek Bok fue invitado intempestivamente a desempeñarse como presidente interino de la Universidad de Harvard, tras haber transcurrido 15 años desde la conclusión de su gestión en el mismo cargo, en una de sus primeras reuniones con las autoridades académicas bromeó sobre el hecho de sentirse como Rip Van Winkle, el personaje que tras una siesta que duró inadvertidamente 20 años, regresa a su pueblo para descubrir que todo ha cambiado. Bok no lo decía sin razón, ya que la universidad que había dejado de presidir en 1991 contrastaba de forma importante con la que debió liderar temporalmente en el año 2006.

Una revisión sucinta del entorno en que opera la UNAM y el sistema de educación superior en México, permitiría identificar algunos cambios importantes durante las últimas décadas. Principalmente, destacarían cambios con respecto a incrementos de cobertura y la paulatina expansión y diversificación de la oferta académica, derivada principalmente de la creación de nuevos programas y unidades académicas (incluso fuera del Distrito Federal en el caso de la UNAM), así como de la apertura de múltiples instituciones públicas y privadas en el caso del sistema de educación superior nacional. Estos cambios, sin embargo, no serían suficientes para incomodar a un Rip Van Winkle local a su regreso. Diversos aspectos que influían décadas atrás tanto en la gestión de la UNAM como en la del resto de las instituciones que conforman nuestro sistema de educación superior, continuarían prácticamente sin cambio al día de hoy, particularmente en lo que se refiere a factores que inciden en temas como equidad, calidad, eficiencia, rendición de cuentas y productividad. Por ejemplo, la ley que establece las bases para otorgar financiamiento público a las instituciones de educación superior del país continúa intacta desde 1978, cuando fue promulgada. En otro caso similar, la normatividad que determina las cuotas anuales por pago de servicios educativos en programas académicos correspondientes a media superior y superior en la UNAM, prácticamente sería la misma desde hace casi 50 años.

De hecho, si consideramos a la UNAM como un caso que ilustra adecuadamente los retos que enfrenta el sistema de educación superior en el país, podemos identificar algunos de los principales problemas que las instituciones de educación superior no han logrado resolver en las últimas décadas. Hace casi 30 años ya, el entonces rector hizo una evaluación franca de las condiciones en que operaba la UNAM, destacando, entre otros aspectos, la problemática que representaba la imposibilidad de responder a la demanda creciente por espacios en la educación media superior y superior, la formación deficiente de los egresados de educación básica que debían ser admitidos para no “desperdiciar […] recursos físicos y humanos”, ineficiencias en trayectorias de transición y egreso entre sus estudiantes (incluyendo la cada vez más difícil gestión del pase reglamentado), la constante brecha entre oferta y demanda, la prácticamente inexistente contribución financiera por parte de los alumnos (en ese entonces aportando un peso por cada mil requeridos para financiar sus estudios en el caso de educación media superior y un peso por cada 1,600 en el caso de licenciatura), el incremento injustificado de la nómina académica, la ausencia de orientación vocacional, la falta de actualización de programas de estudio y renovación de prácticas docentes, la falta de rendición de cuentas del personal académico (con ausentismo docente incluido), así como problemas de organización que resultaban en una centralización que favorecía una “grave inercia” y que incluso generaba “situaciones de corrupción, o cuando menos, [de] graves irregularidades”.

Desafortunadamente y de forma un tanto irónica por ser una universidad nacional, no se encuentra un referente actualizado que permita comprender la evolución de los problemas que el rector Jorge Carpizo describía con datos hace ya casi 30 años. Una mirada rápida al informe presentado en el año 2014 por el actual rector provee información sobre algunos de los puntos señalados por Carpizo, como por ejemplo el hecho de que la UNAM acepta solamente el 21% de los solicitantes que incluyen como primera opción a un bachillerato perteneciente a la UNAM en el proceso de selección organizado por la Comisión Metropolitana de Instituciones Públicas de Educación Media Superior (COMIPEMS), o bien, que más de la mitad de los admitidos a licenciatura gozaron del privilegio del pase reglamentado sin participar en procesos de selección abierta. Señala también en su informe que el problema de la brecha oferta-demanda persiste, al describir que se observa más del 50% de la demanda de ingreso concentrada en nueve carreras, de las cuales Medicina es la única que no se consideraría como ciencia social. Sin embargo, en todo el informe no se encuentra una sola mención a las palabras “corrupción”, “ineficiencia” o “ausentismo”.

Si bien puede argumentarse que una comparación de dos documentos con objetos radicalmente distintos puede ser injusta (además de que nadie que ostenta un cargo público en nuestro país se autoflagela en la presentación de sus informes anuales), es de resaltar sin embargo uno de los problemas principales que probablemente afectan a la UNAM y a muchas de nuestras instituciones de educación superior: la falta de autocrítica y la concepción de la rendición de cuentas como una rutina de distribución de información seleccionada.

Monitorear el desempeño de instituciones de educación superior en México es un proceso necesario, no solamente por la cantidad de recursos públicos que se les destina (solamente la UNAM concentra cerca de 4,000 investigadores integrantes del Sistema Nacional de Investigadores y recibió el 54.2% del Gasto Federal en Ciencia y Tecnología e Innovación destinado al sector de educación pública (CONACyT, 2014)), sino por el rol que cumplen en la generación de opciones de formación de acceso público y de conocimiento útil, y por supuesto como instituciones destinadas a promover una mayor movilidad social. En un entorno de gran competencia, en el que incluso algunos autores predicen el desplazamiento de las universidades tradicionales como las principales fuentes de conocimiento en las ciencias sociales, adquiere mayor relevancia comprender las ventajas y limitaciones que tienen las distintas instituciones de educación superior de nuestro país.

En lo particular la UNAM, como referencia obligada para la creación y transformación de universidades públicas estatales, como el principal referente en el extranjero de la educación superior mexicana y, sobre todo, como un símbolo que ha capturado por décadas las aspiraciones nacionales en cuanto a desarrollo científico, tecnológico y de formación de recursos humanos, debería, a casi 30 años de un ejercicio crítico trunco, revisar si las expectativas y el lugar que tradicionalmente se le asigna como estandarte de la educación superior pública en el país corresponden con su estructura, objetivos, capacidades, logros y orientaciones actuales.

La próxima designación de rector o rectora de la UNAM sin duda abre una oportunidad para discutir si, tras casi 30 años de ser publicado, el único cambio que requeriría una reedición del documento “Fortaleza y debilidad de la Universidad Nacional Autónoma de México” sería la fecha de publicación, o bien si sería posible reportar que las “debilidades más importantes” de la UNAM han sido resueltas. De ser la segunda situación, sin duda resultaría en una gran incertidumbre para el Rip Van Winkle local, aunque sería un motivo de festejo para la comunidad universitaria.

 

Nalgas de plomo

Ulises Flores Llanos –

Investigador en FLACSO.

Sin título-3

La mañana del lunes 19 de abril de 1999 no fue un día como cualquier otro. De hecho fue el último en el que recibía clases de forma regular en la Universidad Nacional Autónoma de México. Los profesores hablaban con cierta preocupación sobre el destino que tendría la universidad y en particular la continuidad de nuestros estudios ante la inevitable huelga que se avecinaba. Los resultados y consecuencias de dicho evento los sabemos ahora: la UNAM no volvería a ser igual. No se qué tanto se hubieran comprometido los grupos que apoyaban la huelga a ir tan lejos, si se hubiese sabido las consecuencias de ello. Y es que una de las consecuencia no fue solamente retrasar el calendario escolar para ajustar después las clases y los periodos de término de los programas de estudio. Se trataba, desde luego, de mantener pública y gratuita una de las pocas opciones que todavía existen en esa modalidad para acceder a la educación superior. Y es que eso es decir muchas cosas.

Desde luego que la gratuidad de la educación superior, en un país donde prevalecen la pobreza y la desigualdad, significa una opción para mejorar el estatus de vida. De acuerdo con datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo 2015 (ENOE) del INEGI, del total de personas ocupadas que ganan más de cinco salarios mínimos, el 71% cuenta con educación media superior o superior. Esto significa que la educación sigue constituyendo un factor de mejora social y económica, en muchos casos por un muy bajo costo. Y es que mantener la gratuidad de la educación superior siempre será un tema debatible. Sin embargo, la conclusión debe ser sencilla: debe al menos garantizarse una opción gratuita, que no genere discriminación económica en el acceso para la obtención de uno de los mecanismos de movilidad social por excelencia.

Hay que señalar, desde luego, que la educación superior no es sólo el pago de una colegiatura: implica una dinámica de gastos alrededor de la carrera de la que se trate; pagar los costos asociados al estudio, comidas, transporte, incluso acceso a diversión, sobre todo cuando ésta es sana e intelectual. La UNAM ofrece eso a un costo bastante bajo con sus más de 26 museos y más de 13 mil actividades artísticas y culturales por año. Sin embargo, en términos del gasto de bolsillo en educación, ésta podría llegar a constituir una erogación poco financiable para familias que poseen muy bajos recursos. La conquista de la gratuidad ha sido un logro, pero tal vez con un costo bastante alto.

Existe un pensamiento generalizado de que no podemos entender los avances científicos, tecnológicos y de humanidades sin ponderar una gran participación de la UNAM en nuestro país. En todos ellos debemos ser más conscientes de que ha sucedido así por dos motivos fundamentales. El primero es que origen es destino. La UNAM surge en mayor medida como la conocemos en 1929, con el logro de su autonomía. De ahí, los gobiernos centralistas y aun con los rezagos de una larga revolución nacional, buscaban reivindicar a la educación como estandarte del progreso y la paz. A partir de ello, la UNAM se convertiría en la respuesta a la educación superior por excelencia. Con esto, se incorporaba a la dinámica de la política de educación superior a nivel nacional que continúa hasta nuestros días, con una estructura monopólica para atender la mayor parte de las demandas de formación de recursos humanos.

La dinámica y estructura de la UNAM es parecida a la dinámica de los problemas nacionales. Continúa enfrentando un fuerte centralismo. Mantiene una organización burocratizada, llena de papeleo y de excesos sindicales que obstruyen las reformas universitarias y que sólo apoyan los movimientos para la defensa de sus propios beneficios. Existen intereses creados por grupos al interior de cada organización: facultades, institutos, centros que defienden plazas y otro tipo de prebendas por encima de los intereses de la universidad.

La UNAM actualmente se ubica en el sexto lugar en el ranking de universidades de América Latina y en la posición 165 a nivel mundial. Cuenta con 342,542 alumnos regulares inscritos en el último periodo 2014-2015 en todos los niveles de estudio, desde bachillerato hasta posgrado. De este último, 28,018 alumnos constituyen la matrícula de posgrado, lo cual representa el 26% del total inscritos en escuelas públicas y el 18.6% del posgrado nacional. Con 38,793 académicos, de los cuales alrededor del 31% son de tiempo completo, desarrolla la oferta de licenciaturas más amplia de todas las universidades con 115 licenciaturas y 77 programas de especialización, maestría y doctorado, que se subdividen a su vez en distintos planes de estudio y orientaciones. Tiene 15 Facultades y 33 institutos de investigación, así como nueve planteles de preparatoria y cinco del Colegio de Ciencias y Humanidades, la mayoría concentrados en el DF.

Cuenta además con 86% de los programas de estudios de posgrado incorporados al Programa Nacional de Posgrados de Calidad del Conacyt, con 4202 investigadores adscritos al Sistema Nacional de Investigadores, lo que constituye casi el 20% de los que hay en el Sistema. De acuerdo con la numeralia oficial, cuenta con 37,755 millones de pesos en presupuesto, alrededor de 87% del cual se destina a docencia e investigación, cuestión que en realidad es difícil de creer, sobre todo cuando hay más de 2000 edificios que administrar y con presencia en las 32 entidades federativas y en países como Estados Unidos, China, Inglaterra, Francia, Canadá, España y Costa Rica.

Con este contexto, el puesto de rector de la UNAM es similar al de un primer ministro: tiene a su encargo Ciudad Universitaria, así como diversos centros de estudios y facultades a lo largo de la República Mexicana y otros países. Posee, al menos de manera simbólica, un equipo de futbol en la liga profesional (debería aclarar la situación del equipo y haber elaborado un mejor contrato que la beneficiara por el uso de logos e instalaciones), un equipo de futbol americano, dos buques, una estación de radio y una de televisión, así como diversas instituciones exclusivas y de gran importancia como el Sismológico Nacional, o participación en el observatorio de las Canarias. Ser rector es estar a cargo de un mini país. Es tener la responsabilidad de orientar la política de investigación nacional más importante e impactar en los recursos de investigación y desarrollo más trascendentes con los que cuenta México, algunos, como he señalado, reivindicados por el monopolio natural del que se ha favorecido la UNAM.

Sin embargo, probablemente algunos rectores no son muy conscientes de ello. O aunque lo sean, no han contado con los herramientas de apoyo y negociación política importantes para llevar a buen puerto los procesos de reforma necesarios para así poner a la vanguardia a la universidad. Es importante destacar que los recursos de un monstruo de esta magnitud prácticamente nunca serán suficientes. Mantener contacto con el sector privado y con recursos adicionales resulta una respuesta que debe buscarse cuanto antes. No se puede lograr ello sin tener en cuenta que al interior de la universidad todo es sujeto a debate, con posturas ideológicas que pueden coartar el futuro de esta casa de estudios.

El segundo motivo es de carácter más ideológico. Aun cuando la UNAM tiene una estructura monopólica con la que ha crecido de origen, esta estructura esta defendida por una falsa ideología y un orgullo relativamente ficticio que hace pensar a la UNAM aún como la vanguardia en la educación, cuando poco a poco esta dejando de ser así. Existe un cierto orgullo de los universitarios en la defensa irrestricta de la universidad como máxima casa de estudios y como máxima concentración del saber nacional. La sensación que envuelve dicho orgullo lleva a pensar que sigue sin haber alguna institución de educación superior que la supere en conocimientos y desarrollo de la investigación. Digamos que dicho orgullo ha nublado un poco la vista. En los últimos años el crecimiento de oferta de educación superior ha sido de gran magnitud.

Dicho crecimiento ha implicado una dinámica de competencia, no sólo por la atracción de la demanda de estudios universitarios, sino también por el campo del mundo laboral y los egresados que se forman. La capacidad de adaptación de la Universidad es también reflejo de una dinámica nacional: vive a destiempo, se tarda en renovarse y en enfrentar los retos de la competencia nacional e internacional. Diversos programas de estudio se han actualizado recientemente, algunos incorporando materias que debían haber estado desde hace 20 años, o que por lo menos en la oferta de educación privada se contemplaban desde entonces. Otros planes de estudio han ido en retroceso, quitando materias útiles y que marcaban la diferencia con respecto a los planes de instituciones de carácter privado. En otros casos adicionales, las reformas a los planes cambian los nombres de las materias pero no a sus maestros, implicando con ello que, en honor a la libertad de cátedra, el conocimiento sea el mismo y no tengan mayor efecto las transformaciones que supuestamente se realizan.

Retomando mi argumentación, esa mañana del 19 de abril fue muy particular. En la última clase que tomaba, al iniciarse esa serie de transformaciones que sufriría la universidad sin dar marcha atrás, un profesor mencionaba enfáticamente: “Nalgas de plomo”, a lo cual agregaba: “…en ésta y todas las carreras se necesitan nalgas de plomo si quieren continuar y terminar con sus estudios”. No se equivocaba. La vida universitaria me enseñó que si uno quería aprender realmente había que fletarse varias horas en la biblioteca, en el metro, en la casa, en cualquier lado con un libro, ahínco y mucha concentración, incluso en libros que no estaban contemplados en el plan de estudios y muchos documentos que se obtenían en las revistas especializadas. Esa mañana se iniciaba el camino hacia la UNAM moderna, la que evidenció sus carencias y limitaciones y la que ponía sobre la mesa los retos de ésta y del país.

La Universidad Nacional Autónoma de México constituye y constituirá siempre un baluarte de la historia de México y de la formación de profesionales de todos los tiempos. Con todas sus agitaciones, sigue ofreciendo un espacio para la cultura, la enseñanza y la investigación. Continúa siendo el reflejo de la diversidad y multiculturalidad del ser humano, del conocimiento y de las diferencias sociales. Sin embargo, este ejemplo se desvanece. La competencia y los cambios de la sociedad hacen que su dinámica sea constantemente cuestionada. No es para menos. La universidad lamentablemente tiene a sus peores enemigos dentro de ella. Grupos que ponderan sus ideologías e intereses propios por encima de los objetivos centrales.

La UNAM sigue ocupando un lugar en los rankings mundiales pero lo hace sobre todo por razones de presupuesto, por el renombre y por que mantiene la funcionalidad de algunos centros exclusivos y focalizados. A ese camino le queda poco tiempo. La UNAM debe transformarse constantemente, porque así lo hace el conocimiento y debe contar con las herramientas y mecanismos necesarios para afrontar sus cambios. No pueden pararse las reformas a los planes de estudio. No pueden pararse tampoco el cambio en los mecanismos de vinculación y gestión de recursos. No puede prohibirse la evaluación a los profesores ni la competencia abierta por plazas de docencia e investigación. Deben crearse los enlaces universidad-empresa que tanto se anhelan para conectar el mundo del trabajo y generar una dinámica simbiótica entre la generación de conocimiento, la investigación y los proyectos del sector privado. La conexión entre investigación y desarrollo, así como la demanda y oferta laboral, debe ser algo creado conjuntamente en las necesidades del país y no sólo un producto de la inercia, como lo ha venido siendo en la UNAM desde hace al menos 20 años.

El acceso a la educación superior en un país como México implica acceder a otro estilo de vida, no sólo por una cuestión de ingresos, sino por una cuestión de pensar distinto los problemas cotidianos: transforma en general la mentalidad de las personas. La educación universitaria imprime un sello de universalidad de las acciones humanas, de entender el contexto como una multiplicidad de valores y expresiones que forman parte de la sociedad. A ello deben estar orientadas las reformas de la Universidad y no sólo a los intereses de grupos.

Milenio

Volver