Por Juan J. Paz y Miño C.

La semana pasada (6-8/09/2015) se realizó en La Habana (Cuba) el Coloquio Internacional de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC), con el tema: ‘La integración en América Latina y el Caribe: alternativas históricas y proyección actual, a 200 años de la Carta de Jamaica de Simón Bolívar’.

En mi ponencia expuse que con la fundación de las repúblicas brotaron los primeros intentos por constituir grandes conglomerados (República de Colombia, Confederación Peruano-Boliviana, Provincias Unidas de Centroamérica), frustrados por acción de las oligarquías regionales. Al comenzar el siglo XX la iniciativa integracionista la tomó EE.UU., con la Unión Panamericana, que derivó en la creación de la OEA. El modelo desarrollista en las décadas de los 60 y 70 avanzó en integraciones pensadas desde la óptica empresarial y de mercados (ALALC, Pacto Andino); pero que retrocedieron en los 80 y 90 ante el avance de los criterios neoliberales, que cuestionaron toda programación e intervención estatales.

La integración bajo iniciativa latinoamericana se produce con el inicio del nuevo milenio, cuando se constituyen entidades como Unasur, Mercosur, Alba y Celac, que han cambiado el panorama integracionista, pues se apartó de este a los EE.UU. y Canadá. Cambiaron también valores, principios y conceptos, pues bajo las orientaciones de los gobiernos de nueva izquierda, América Latina se potencia como una región geoestratégica que debe afirmar su presencia e iniciativas, pues igualmente se proyectan nuevos bloques mundiales como el Acuerdo Transpacífico, la Asociación Transatlántica, la RCEP o los BRICS.

El sueño unionista de Simón Bolívar encuentra hoy mejores oportunidades de realización, pero tiene límites no solo porque en América Latina hay gobiernos con distintas orientaciones, sino porque es imposible dejar de considerar las condicionalidades que impone el mundo globalizado y transnacional.

Pero la visita a Cuba también ha sido una nueva oportunidad para constatar los avances económicos y sociales en la isla, que en Ecuador (y en América Latina) generalmente no se conocen, porque predomina la ignorancia a veces casi total sobre su sistema, así como la propaganda anticubana, que es capaz de inventar cualquier cosa fantasiosa.

Desde 1959, cuando triunfó su revolución, Cuba ha atravesado distintos momentos, y durante el período especial (1992-1996) pasó por limitaciones de todo orden. Progresivamente fue superando esa situación con una serie de reformas que también fomentaron el emprendimiento privado. Hoy he visto una Cuba con progreso, sin la escasez de antaño, con mejoras sustanciales en la calidad de vida y donde se disfruta un ambiente más dinámico. En La Habana, una ciudad segura, como no lo son otras capitales latinoamericanas, se ejecutan obras de reconstrucción admirables. Los sistemas de salud, seguridad social y educación, que son públicos, gratuitos y universales, se destacan como los grandes logros de la Revolución y resultan ejemplares e inspiradores para la propia América Latina.

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