Es uno de los ecólogos más prestigiosos de Argentina y del mundo. Descubrió gran cantidad de especies vegetales e impulsó el uso comestible de numerosas plantas consideradas “yuyos”. “Para mí lo más importante es que volvamos a conocer esa flora utilitaria”, dice con entusiasmo, pese a que ya está retirado de la actividad científica.

Por Verónica Engler

Eduardo Rapoport se ha transformado con los años en un querido y reconocido vecino de Bariloche, entre otras cuestiones, por su amplia trayectoria científica. Es uno de los más prestigiosos ecólogos del país y del mundo, descubrió gran cantidad de especies vegetales, hizo significativos aportes al estudio de los suelos y cuenta con un par de leyes de la biología que han sido nombradas con su apellido, en su honor. Además es pionero en el país en el estudio de las malezas comestibles.

Su historia académica comenzó en la Universidad Nacional de La Plata, en donde se doctoró en Biología, y continuó deslizándose hacia la Patagonia. Primero recaló en la Universidad Nacional del Sur, en Bahía Blanca, y luego en Bariloche, donde fundó a fines de los años 80 el Laboratorio Ecotono, en la Universidad Nacional del Comahue, de la cual es actualmente profesor emérito. Pero los golpes de Estado que hubo en la Argentina en 1966 y en 1976 hicieron que este periplo hacia el sur sufriera dos interrupciones, es decir, dos exilios: el primero, luego de la Noche de los Bastones Largos, hacia Venezuela, y el segundo hacia México. En ambos países continuó investigando e inmerso en la vida académica latinoamericana.

En la actualidad, el Laboratorio Ecotono, que hoy cuenta con más de sesenta investigadores y becarios, realiza aportes fundamentales para la protección y la conservación de la biodiversidad del ambiente patagónico, su ecología y sus ecosistemas naturales. Justamente en ese laboratorio fue donde Rapoport inició el estudio y la difusión de las malezas comestibles, a las cuales rebautizó como “buenezas” a partir del enamoramiento de esos yuyos que crecen de manera silvestre y abundante, y que poseen importantes cualidades nutricionales. “Para mí lo más importante es que volvamos a conocer esa flora utilitaria, que se puede usar si uno la necesita, o le gusta, o se divierte juntándola, recolectándola, pero que la hemos olvidado por completo porque dejó de transmitirse de generación en generación, lo que se llama transmisión oral del conocimiento”, insiste vía telefónica desde su hogar en Bariloche, a unos pocos metros de lago Nahuel Huapi. Es que Eddy (como lo llaman todos los que lo conocen) no sale mucho de su casa últimamente debido a un problema de salud. Sin embargo, hace poco realizó una visita muy especial, volvió a su querido Laboratorio Ecotono para presentar Aventuras y desventuras de un biólogo latinoamericano (Ed. Fundación de Historia Natural Félix de Azara), su recientemente editada autobiografía.

–Luego de egresar como doctor en Biología de la Universidad Nacional de La Plata fue invitado a la Universidad Nacional del Sur, en Bahía Blanca, donde realiza trabajos muy significativos en el campo de la ecología del suelo. ¿Me puede contar sobre sus investigaciones de esos años?

–Tuve la suerte de que cuando se inauguró la Universidad Nacional del Sur me invitaron. Fue muy linda la experiencia que tuve allí, hice algo de microbiología, sobre el origen de los suelos, cómo se forman, cómo se humidifica la tierra y cómo el humus es utilizado por las plantas. Y me dediqué a eso, a la microfauna del suelo, a los bichos que forman los suelos, que forman la tierra, fue muy divertido. La microfauna nunca había sido estudiada en Argentina y empezaron a salir novedades increíbles, cantidad fenomenal de especies nuevas, y una parte la pude estudiar yo. Tomé los colémbolos, unos insectos muy primitivos que están en cantidades fenomenales, decenas de millones por metro cuadrado, impresionante. Estos bichitos comen las hojas muertas de las plantas, las que van cayendo al suelo, se lo devoran muy rápidamente, y las excreciones de estos bichitos forman el perfumado suelo, rico en humus. Salieron cosas increíbles de esas investigaciones, novedades, por ejemplo encontramos proturos, que son otros insectos, como “preinsectos” que no tienen antenas. El profesor mío en La Plata, (Raúl) Ringuelet, un hombre admirable, cuando le conté de los proturos me decía que no podía ser, que me debía haber equivocado, porque supuestamente no había proturos en Argentina, ni en Sudamérica. Finalmente comprobé que sí eran proturos y pudimos presentar la gran novedad en la Sociedad Entomológica y publicamos la noticia de la existencia de proturos en la Argentina y en el Hemisferio Sur. Y resulta que está lleno de proturos en todas partes, los encontramos en Córdoba y en Catamarca también.

–¿Todas estas investigaciones científicas en la universidad de Bahía Blanca se interrumpieron con el golpe de Estado de 1966?

–Sí, me tuve que ir, me ofendió la Noche de los Bastones Largos, fue como si me hubieran apaleado a mí, porque habían apaleado a gente que yo quería mucho. Como yo estaba a 600 kilómetros de Buenos Aires, a mí no me tocó la policía, pero me ofendió totalmente, y me fui con otra docena de investigadores a Venezuela. Me fui con mi esposa de entonces y mis cuatro hijos. Estuve en el Instituto de Zoología Tropical, y ahí también encontré unas cuantas novedades. Tuve la oportunidad de continuar con mi tesis, me faltaban por lo menos dos años para terminar. Nos quedamos unos cuatro o cinco años, hasta que volvió la democracia y entonces retornamos al país, pero fuimos a Bariloche. Una de las cosas que hice en Venezuela fue un libro que finalmente publicamos con la Fundación Bariloche, porque lo terminé acá en Argentina, que se llama Areografía. Estrategias Geográficas de las Especies (1975) acerca de cómo es la forma, tamaño y distribución espacial de las áreas de las especies, animales y plantas, a nivel continental.

–¿A partir de estas investigaciones se formulan luego las reglas de Rapoport?

–Sí, de ahí salieron dos reglas de Rapoport. Una de las reglas dice que hay más especies a bajas latitudes, es decir que en los trópicos hay más especies, pero son por áreas más pequeñas, ésa es una de las reglas. La otra es la inversa de la regla de (Constantin Wilhelm) Gloger, que encontró que los mamíferos y las aves también tienen su plumaje o piel más pigmentadas en los trópicos, y que los rubios y los despigmentados están más en el norte. Pero lo que dice la segunda regla de Rapoport de la biogeografía es que en los vertebrados de sangre fría, como los reptiles o los batracios, es al revés, los más despigmentados no están hacia los polos sino hacia los trópicos, como una defensa, porque la pigmentación aumentaría demasiado la temperatura corporal. Esos fueron años maravillosos, con gente maravillosa, hasta que vino el golpe militar de 1976, de Videla. Entonces nos quedamos sin trabajo y me invitaron de México, el Museo de Historia Natural y el Instituto de Ecología de la Ciudad de México. Ahí también fue muy interesante, había muy linda gente, y salieron varias publicaciones, en especial de ecología urbana. México es especial para esto, por tener una ciudad gigantesca y por haber hecho todas las macanas que se hicieron, desde el punto de vista de la ecología. Allí hicimos un libro sobre ecología urbana de la ciudad de México, sobre la flora de las calles y los baldíos.

–¿Allí comenzó su interés por las malezas comestibles?

–Sí. Con el retorno de la democracia volvimos a la Argentina y me integré en la Universidad Nacional del Comahue, en Bariloche, donde pude crear el Laboratorio Ecotono, en donde le di curso a estas inquietudes. Lo que me interesaba era hacer ecología en un área como Bariloche, que es una mezcla de dos formaciones vegetales, el bosque cordillerano y la estepa patagónica, Bariloche está justo en el borde, es el ecotono (zona de transición entre dos o más comunidades ecológicas distintas, de gran riqueza e interés biológico) entre el bosque y la estepa. El último trabajo que elaboré fue sobre las malezas comestibles o “buenezas”, como las llamo yo, porque es fenomenal ver la cantidad de alimentos disponibles que hay, además son riquísimas. Varias personas se interesaron en el tema, un agrónomo brasileño (Valdely Ferreira Kinupp), por ejemplo, hizo una tesis sobre las plantas silvestres comestibles de Porto Alegre, y ahí descubrió más de sesenta nuevas especies, y este año sacó un libro impresionante, maravilloso (Plantas alimentícias não-convencionais da região metropolitana de Porto Alegre).

–Usted ha desarrollado una tarea gigante en el estudio de las plantas silvestres, desde hace años viene catalogando nuevas especies, incluso ha incrementado el gran catálogo con miles de especies realizado por el botánico Günther Kunkel, ¿verdad?

–Sí, Kunkel lo publicó hace más de veinte años, con las que agregamos nosotros llegamos a más de dieciséis mil plantas comestibles, me ayudó mi esposa y también mi hijo Guillermo. Pero ni lo terminamos, renunciamos con mi esposa a seguir fichando novedades. Las incorporamos en un catálogo que todavía no publicamos, porque como siempre hay novedades está incompleto. Llegamos a la conclusión de que el 25 por ciento de la flora de cualquier lugar es comestible. Tomé la flora mejor conocida del mundo, que es la flora británica, porque ellos tienen el mapa de las islas británicas dividido en una cuadrícula de diez por diez kilómetros, y tienen publicado un libro donde ilustran la totalidad de la flora de las islas, saben qué es lo que tienen y dónde está. Bueno, ese catálogo lo superpusimos con nuestra información, para ver cuántas comestibles hay en Gran Bretaña, y nos dio que el veinticinco por ciento son comestibles. Hice los mismo con la flora de Nueva Guinea, del otro lado del mundo, otro clima, otra vegetación, que no tiene nada que ver con Gran Bretaña, y nos dio que son comestibles también el veinticinco por ciento de esa flora. El veinticinco por ciento también de la flora de Sudáfrica y de países vecinos. O sea que aproximadamente la cuarta parte de la flora de cualquier país, de cualquier lugar del mundo, sea rica o pobre en especies, la cuarta parte más o menos son comestibles. Hay una cantidad muy grande de esas especies además de las cien que venden generalmente en las fruterías y verdulerías de cualquier barrio en nuestro país.

–¿Cómo se le ocurrió empezar a estudiar las malezas en su carácter de alimentos?

–Porque recibí un libro de México de botánica, sobre la flora del valle central de México. Nosotros en México comíamos quelites, que eran unos yuyos riquísimos, se hacían tortillas con quelites. Me fijé en el libro y resulta que tenía quelites acá en la puerta de mi casa (en Bariloche). Entonces los juntábamos con mi esposa y era riquísimo e hicimos participar a la familia, invitamos a amigos. Nos parecía una lástima no utilizarlos. Todos los meses había algunos días que aprovechábamos estos quelites, algunos son patagónicos, propios de la región, y otros son introducidos. Con la gente del Laboratorio recorrimos diferentes zonas de Bariloche con unos marcos de 50 centímetros por 50 centímetros que tirábamos al azar sobre el suelo, y donde caía analizábamos la cantidad y el tipo de especies que había en ese espacio. En ese momento nos había dado que había promedio de una tonelada de malezas comestibles por hectárea improductiva, es decir, fuera de las áreas cultivadas, en baldíos, banquinas, campos abandonados o calles suburbanas. Una barbaridad, es sorprendente, es una cantidad enorme, de varias especies. Por ejemplo, todas las especies de cardos que hay en esta zona son comestibles, se comen los pedúnculos florales, son bastante parecidos a los espárragos y son muy ricos. Otra planta muy conocida acá y muy comestible es el diente de león, se come toda la planta, entera, desde las flores hasta las raíces. Y los pocos análisis de laboratorio que se han hecho fueron muy indicativos. El diente de león, por ejemplo, es muy rico en minerales, proteínas, hidratos de carbono, además es una planta muy digestiva. El asunto es que está lleno de comida que no aprovechamos. Para mí lo más importante es que volvamos a conocer esa flora utilitaria, que se puede usar si uno la necesita, o le gusta, o se divierte juntándola, recolectándola, pero que la hemos olvidado por completo porque dejó de transmitirse de generación en generación, a través de la transmisión oral del conocimiento. Hay que enseñarles a los chicos a que reconozcan las plantas y cuáles son también las tóxicas.

–Usted con su grupo del Laboratorio Ecotono llegaron a armar unos cuadernillos para difundir el tema entre la comunidad. ¿Cómo fue esa experiencia en la que estuvieron dando charlas en varias ciudades de la Patagonia?

–Sí, armamos un material en el que se interesó la Secretaría de Educación de Chubut. Nos invitaron a dar charlas en las escuelas, desde el bosque hasta la costa atlántica, pasando por varias localidades. Se llenó de gente, de maestros y maestras, cocinamos con los yuyos, fue realmente muy lindo. Y lo propuse para hacerlo en el resto de las veintitrés provincias argentinas, con la idea de educar al personal docente y, a su vez, educar a la población para utilizar lo que desapareció en la Argentina, que es la transmisión oral del conocimiento. Pero no contestó ninguno de los ministerios de educación. Lo que proponíamos era que las maestras y maestros le enseñen a los chicos lo que tienen alrededor de la escuela, que puedan salir y mostrarles los yuyos en lugares no contaminados, aprovechar para ensaladas o para sopas y otras preparaciones. Que les enseñen a aprovechar, porque está lleno de comida. Hay que saber divulgarlo, para mí es extraordinario, además durante años hemos vivido comiendo estas buenezas. Yo ya me jubilé, pero hay gente todavía en el Laboratorio tratando de promover estos temas. Acá en las escuelas me han llamando, me han invitado y hasta cocinamos, los chicos comieron, y nos divertimos todos. Es muy lindo porque es muy productivo.

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