Ingenieros químicos de la Universidad del Atlántico comprobaron las propiedades coagulantes de la tuna para retirar la turbidez en el agua contaminada • La publicación de la investigación sería un primer paso para aprovechar las bondades de la planta.

“La tuna es panchita” dice Elión Peñalver Uriana al hablar del cactus, que en lengua wayuunaiki se conoce como jamüche’e. “Se le queman las puyas, se pela y la pulpa la echan en el agua por dos horas”, cuenta el hombre que es autoridad tradicional de la ranchería Santa Rita y añade que ‘la gelatina’ del cactus ‘‘recoge el sucio del agua y la deja claritica… Los wayuu hemos dejado de utilizarlo”.

Elión habla de un conocimiento ancestral y al tiempo de un elemento cotidiano. La tuna crece en los alrededores  de su ranchería, en medio de las casas de bahareque, chivos y bajo el clima árido de la península colombiana. En Barranquilla, los ingenieros químicos Jairo Nuñez,  Ximena Vargas y Daniel De la Hoz, se refieren a la misma planta como el nombre científico de Opuntia ficus indica. Para ellos, el proceso tradicional que describe Elión es  un procedimiento de remoción de turbidez, donde el jamüche’e actúa como coagulante en una primera etapa para potabilizar el agua.

La investigación comprobó las propiedades que ancestralmente los wayuu han aprovechado, y es el aval científico para que la situación se pueda aprovechar a gran escala.

En medio de la aridez
La tuna se caracteriza por tener una gran resistencia a la sequía, tal como el pueblo wayuu, que subsiste bajo las condiciones adversas del territorio. ‘‘Es que La Guajira siempre ha sido enemiga de las lluvias’’, dice Elión en tono resignado. Los números y la experiencia le dan la razón: las precipitaciones en el territorio no sobrepasan, en promedio, los 500 milímetros de agua al año. Solo el 20.5 % del departamento es ocupado por la cuenca del Río Ranchería, el único en la zona.

En los tallos, la tuna almacena una reserva de agua que le permite sobrevivir largos períodos sin lluvia. Elión Peñalver, con la vista puesta en el paisaje árido, recuerda cómo de niño su familia sobrevivió a una de las tantas sequías. ‘‘Así como ahora, los ríos y los jagüeyes se secaron aquella vez. Teníamos que caminar 20 kilómetros para llevar los chivos a beber en pozos hechos sobre los causes de las quebradas’’.

Una vez agotada la provisión,   Tarizá Uriana, el abuelo materno, apeló al mismo entorno para asegurar la subsistencia de la ranchería. ‘‘Yo tenía como 7 años. El día que se acabó el agua mi abuelo llamó a varios niños, entre nietos, sobrinos y vecinos. Nos dijo: ya que no hay agua, va toca llevar los chivos donde hay mucho cactus’’. Peñalver, quien ahora es autoridad igual que su abuelo, rememora la travesía y evoca la imagen del viejo cortando y pelando el yosüü, nombre del cardón en wayuunaiki. ‘‘Mi abuelo practicó eso por 3 o 4 meses. La carne del chivo tomó un sabor muy bueno después de comer cactus’’, dice riendo.

Otros usos
Bartolo Uriana, un anciano de la ranchería Chonchopri, no habla español, por ello se apoya en Elión para expresar sus saberes sobre las plantas del desierto. Cuenta que efectivamente especies de cactus como el ‘alto pino’ -planta que crece en el norte de La Guajira- sirve para alimentar chivos y reses en tiempos de sequía. Después habla de la utilidad de los cactus para la limpieza de la ropa. ‘‘Le dicen, uvita’’, traduce  Elión mientras el anciano lo mira satisfecho, ‘‘es un árbol que abunda por acá, lo usaban como detergente combinándolo con el cactus. Raspaban la concha del guayacán y la concha de la uvita y las  mezclaban’’. Elión guarda silencio y Bartolo retoma la palabra,  habla tranquilo, se dibuja una sonrisa  en su rostro moreno, con 68 años de sol guajiro tatuados en la piel.

El principio purificador
Lorena Pushaime, de 48 años, es la autoridad tradicional de la ranchería Cachaca 2, ubicada en las afueras de Riohacha, sobre la vía a Santa Marta. En la comunidad indígena son comunes las casas construidas mitad bahareque, mitad concreto, como híbridos entre las costumbres citadinas y la tradición.

Lorena viste una manta estampada con flores de colores vivos. Mientras habla, alterna el español con su lengua nativa y al escuchar la referencia a la tuna en la investigación barranquillera, asiente en señal de aprobación. Dice con orgullo que el cactus siempre ha sido importante para su etnia y emprende una narración de recuerdos familiares.

‘‘Anteriormente los viejos no necesitaban jabón, usaban el cristal del cactus, purificaba el agua. El tío mío decía: ¡nombee!, ¿jabón pa qué?, ya yo tengo mi jabón. Él mismo sacaba el cristal y se bañaba’’, cuenta Lorena divertida. ‘‘Increíble, y uno está aquí y si no tiene jabón, no se baña’’, dice con los las cejas arqueadas en un gesto de admiración.

La técnica rudimentaria para acceder al cristal o el mucílago, también es necesaria en el laboratorio. Jairo Núñez, uno de los investigadores, explica que es justo allí donde se encuentra el ácido galacturónico, el principio activo que hace efectivo el poder purificador del cactus. Una propiedad de la que estaba convencido el tío de Lorena Pushaime.

Jairo cuenta que la sustancia, residente en el interior de la capa de espinas y piel, al entrar en contacto con el agua turbia  genera enlaces químicos con las  partículas en suspensión. En el proceso de coagulación, estas se adhieren a las moléculas del ingrediente activo y  crean una ‘‘especie de cadena en forma de espiral’’,  con mayor peso que las partículas individuales. La gravedad actúa y los sedimentos se asientan dejando el agua de la superficie clara, ‘‘con un alto grado de potabilización’’, afirma el ingeniero químico.

Acceso al agua potable
‘‘Sí es cierto, la tuna se usaba para esclarecer y purificar las aguas del jagüey que venían marrones y amarillas’’, dice Ramón Francisco Pérez Ipuena, líder de la ranchería el Guajirito. Guarda silencio y retoma: “Mi abuela me decía  que tiraban el cactus y eso lo esclarecía más. Pero ya no se usa, esas son antigüedades, hoy en día los indígenas se han civilizado’’, afirma el wayuu.

En el Guajirito, como en muchos otros caseríos del departamento, no hay acceso constante al agua potable. ‘‘El agua dulce’’ , como le dicen, llega de forma intermitente a través de carrotanques y ‘‘se acaba al día siguiente porque somos muchos’’, cuenta Ramón y procede a enumerar datos de la economía doméstica que giran en torno al agua: ‘‘Agua para una semana cuesta aquí 24 mil pesos, pero hay gente que paga hasta 500 mil por un viaje de carrotanque’’.

La otra fuente de aprovisionamiento es el molino, que se erige sobre la tierra por encima de  los techos rústicos de la comunidad y gira al impulso del viento haciendo un ruido de metales viejos y oxidados. El sistema se introduce 124 metros en el interior de la tierra y extrae el agua salobre que usan en la ranchería para preparar arroz, lavar ropa, utensilios de cocina y para bañarse. ‘‘Eso sí, el agua salobre no sirve para chicha, queda salada’’, advierte Ramón.

Según el Servicio Geológico Colombiano, la Media Guajira es una de las zonas en el país con mejores posibilidades de explotación de aguas subterráneas, con una extensión en la zona hidrológica de 3.200 kilómetros cuadrados. El molino de el Guajirito  abastece a 5 rancherías más que no cuentan con ningún sistema de extracción del líquido. El agua, en este caso,  depende del viento; si las brisas no soplan 300 familias aproximadamente sufrirán de sed.

En Youleisho también saben lo que es tener sed. Una anciana de la ranchería reposa sobre un chinchorro que está colgado bajo la enramada, a salvo del inclemente sol de mediodía. Habla en  wayuunaiki y señala los alrededores con las manos. Al darse cuenta de que no es comprendida salen de sus labios las palabras ‘‘seco, seco, todo seco’’ y retoma de inmediato su monologo en la lengua ancestral mientras se le dibujan en la cara leves gestos de angustia.

En Youleisho no hay pozo, ni molino, solo un tanque negro que tiene inscrito sobre el plástico la palabra prosperidad en un tinta reseca y pálida. Son 10 mil litros de agua mensuales para 50 familias de 4 personas en promedio. En la ranchería llaman al burro, ‘carrotanque de cuatro patas’, porque es el que diariamente atraviesa kilómetros bajo el sol para traer agua a las personas y  a los chivos.

De la tradición a la ciencia
El desarrollo del proyecto, que tiene como protagonista la tuna es, según sus investigadores, un primer paso para generar opciones de acceso al agua potable en sistemas de bajo costo, que suplan la necesidad del líquido en territorios rurales o poblaciones indígenas apartadas.

‘‘Es desarrollar alternativas biodegradables que corroboran el conocimiento empírico de las comunidades’’, comenta Núñez. Las pruebas de laboratorio compararon la eficacia del coagulante de la Opuntia ficus con el sulfato de aluminio (Alumbre) y el poli-cloruro de aluminio (PAC), utilizados comúnmente en el proceso de tratamiento del agua. El cactus obtuvo una eficiencia en la remoción de la turbidez del 93,87%, frente al 98,74% del Alumbre y un 97,15% del PAC.

‘‘La eficiencia del coagulante natural es un poco más  baja que la del químico, sin embargo, se puede obtener un nivel de remoción de turbidez y de color alta’’, afirma el ingeniero. Núñez destaca del elemento natural, que este no registra daños colaterales como el  aluminio, cuyos residuos del proceso de tratamiento son nocivos para el medio ambiente. Por otro lado, estudios científicos han ligado el aluminio contenido en el agua con el desarrollo de patologías como el Alzheimer en las personas.

El ingenio Caribe se asoma desde la tradición y vierte un poco de su sabiduría en la ciencia. Al ingeniero Núñez, su abuela de Villanueva, La Guajira, le habló de la planta, le dijo que con ella, además de aclarar las aguas, dejaban escritos mensajes para que otros los leyeran. Con Elión, el jamüche’e, ha renovado la intención de adentrarse en la Alta Guajira en busca de los mensajes de los ancianos y así rescatar otras prácticas tradicionales. Para él los abuelos son una biblioteca viva y mientras camina los alrededores de la ranchería, cercada por el cardón, afirma convencido: ‘‘Como decía mi abuelo Tarizá Uriana, en el monte no hace falta nada, todo está’’.

Cactus utilizados en medicina tradicional Wayuu

Melocactus curvispinus


Conocida por la etnia wayuu como Parulua o pichiguel. Hace parte de la medicina tradicional wayuu aplicada por la figura de la Piache o curandera. Este cactus se utiliza para mejorar los niveles de colesterol en la sangre.

Iguaraya


Fruta del cactus que hace parte de las costumbres gastronómicas de la etnia.   Lorena Pushaime comenta que ‘‘el wayuu puede tener mucha hambre en su casa, pero se levanta y va por su iguaraya, toma su chicha. El fruto es algo muy nutricional’’.

El Heraldo


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