Nabila, otro capítulo de la historia de Chile por el revés

Por Alejandra Araya, historiadora y directora del Archivo Central Andrés Bello

La noticia de Nabila Rifo me despierta. Lo oímos en la radio. Estoy con mi hija de cuatro años, escucha que no tiene ojos. Le intento explicar. Y sobre la misma pienso que un acto de justicia es no encontrar explicación, es no elaborar razonamiento alguno que posibilite que sus asesinos sociales puedan ser explicados. Digo sociales, porque, Nabila sobrevivió. Pero los ejecutores de maltrato a mujeres y niños, así como los femicidas exitosos, son asesinos al igual que los torturadores, ejerciendo la violencia sin eufemismos. Ambos causan muerte social. Un antes y un después en la vida de una persona. ¿Cómo se sobrevive?

Toda explicación insinúa un argumento. ¿Y cuál puede ser el argumento de tamaña brutalidad? ¿Qué argumentos son los que se espera que aparezcan en la vía pública, como su cabeza hecha estallar, que nos permita “explicar” este acontecimiento? Tal como señala María Francisca Rojas, directora del Sernam, el hecho no tiene justificación.

En enero de este año estuve en Coyhaique en un taller sobre historia de las mujeres, una actividad apoyada por la dirección regional del CNCA en el marco de las Escuelas de Temporada de la Universidad de Chile, les leí “Mal de macho: la historia de Chile desde la historia de las mujeres, una deconstrucción necesaria para el Chile de hoy”. Es una propuesta que intenta avanzar en una escritura otra de la historia, por el revés, de revés, justamente desde estos acontecimientos, que son nuestra historia, en el centro de la misma y no como un dato de la causa ni como una parte que es “necesario incluir”. La experiencia personal de toda mujer es una historia de las formas en que su historia se traza centímetro a centímetro sobre la piel. De los pies a la cabeza.

“Mal de macho…” empieza con la propia historia, en tanto historia general de las mujeres, no como testimonio ni autobiografía, sino que como gesto de legitimidad que toda mujer tiene para inaugurar el relato explicativo de una sociedad. Las prácticas del taller feminista han sido fundamentales para construir memoria y acción, pero el territorio simbólico en que se construye nuestra narrativa social “racional” sigue dominada por una epistemología machista. En la conversación surgen historias dichas en voz baja todavía, solo se amplifican por la crónica roja que tiene una cobertura de al menos un minuto en el noticiero nacional. Por allí se escucha también de la trata de mujeres, del robo de niñas. Escribo ahora, mientras Nabila se “recupera”, un texto en pausa hace años sobre las niñas y mujeres intercambiadas, robadas y capturadas en la Guerra de Arauco. Es una historia demasiado larga, demasiado.

La conversación posterior a la lectura compartida del texto que señalo, dio paso al silencio y luego al comentario, de los cuales me quedo con “lo que usted dice es verdad”. Porque se debe dar estatuto de verdad a lo dicho por muchas de nuestras antecesoras respecto de la razón fundante de la dominación que tiene en el centro a las mujeres como objetos del deseo de poder, dicho por Simone de Beauvoir, por cierto antes y mejor que Pierre Bourdieu, al cual se cita de manera frecuente.

Digo estatuto de verdad y no de denuncia. Estatuto de razón y no de crónica roja. La intención en este hecho, la agresión a Nabila que sobrevive, fue llegar hasta el final, su desaparición, la desaparición del objeto de la furia. Me dirán, eso es cuestión de la justicia. Y respondo con silencio. Ninguna mujer y ningún hombre puede perder la vida en estas condiciones, ni por estas “razones” que supuestamente la justicia pondrá en evidencia. ¿Acaso el público esperar oír la historia que permita en alguna medida minimizar lo que le sucedió a Nabila? ¿Alguien espera todavía un pequeño relato justificatorio?

El gesto necesario es reclamar no solo por justicia frente a los agresores cotidianos y su escalada de frustración, sino salir del ámbito de la crónica roja y del dato anexo del relato de la historia. La elemental forma de agredir a otro por la fuerza de la razón de fuerza, es que se instituye un sistema. Y el sistema funciona. Hay por allí un sujeto, cuyo nombre aún no conocemos, que pensó e hizo, encontró razón a sus argumentos y actuó. Como otros que ejercen el poder sobre otros por la fuerza de su propia convicción y fuerza, adicionándole el no menor ingrediente del miedo.

Fueron adolescentes quienes avisaron a Carabineros, uno de ellos intentó salir para hacer algo pero sus amigos lo detuvieron por miedo. El agresor trotaba, fresco a las 5:30 de la madrugada, se dio el gusto de volver sobre el cuerpo para seguir golpeando a Nabila una vez que entendió que nadie haría nada. Se va trotando, se pierde en la oscuridad, no se reconoce su rostro. Pero llaman a Carabineros, a pesar del miedo. Tengo esperanza en que las nuevas generaciones sigan asomándose a las puertas y llamando, y construyan una nueva relación consigo mismos y mismas a partir de sus madres, hijas, hermanas, compañeras. Pues el origen está allí, para hombres y mujeres. (El furgón pasó por el lado del cuerpo, los adolescentes debieron salir y correr para indicarles dónde estaba).

Hoy sabemos que Nabila “está fuera de riesgo vital”, leo en El Divisadero del 14 de mayo. Esta frase me congela. “Ha tolerado muy bien la cirugía y la anestesia. Ella está fuera de riesgo vital. La cirugía incluye la reconstrucción del pabellón auricular derecho y además la sutura de múltiples lesiones faciales. Además agregar que ella tuvo fractura alveolar, pérdida dentaria. No hay lesiones que pongan en peligro su vida. Hay lesiones en los dedos que no implican la pérdida de falanges”, comentó el jefe de turno de la urgencia, Carlos Loyola.

“No hay lesiones que pongan en peligro su vida”. La verdad no sé qué tipo de lesiones son las que no ponen en riesgo la vida, el derecho a crecer y desarrollarse en igualdad de condiciones. ¿Cómo se vive teniendo siempre en la historia de vida, familiar y colectiva la potencial agresión simplemente por ser mujer? Hoy, cada niña debe considerar entre sus expectativas de vida al nacer el riesgo de femicidio. Lo que pone en riesgo nuestras vidas es una brutal forma de ejercer el poder, hoy en el siglo XXI. Mirar de frente todavía nos hacer perder los ojos.


Nabila, ¡estamos contigo!

 
Por Olga Grau,  académica de la Facultad de Filosofía y Humanidades. Centro de Estudios de Género y Cultura en América Latina (CEGECAL)

Mucha conmoción, ira y desasosiego nos ha producido el femicidio frustrado cometido contra Nabila Rifo quien, desde hace un tiempo, sufriera violencia y amenazas de muerte por parte de su pareja. Es improbable que alguien pudiera haber quedado indiferente ante este hecho tan brutal de ensañamiento, sin duda condenado y repudiado por todas las mujeres en solidaridad con ella. Tendría que haberse producido también una inmediata empatía por todos los hombres al saberse de esta noticia y quisiéramos que así hubiera sido, pero no lo sabemos con certeza.

Hace unos años atrás, en el año 2007 con precisión, la Red Chilena Contra la Violencia Hacia las Mujeres lanzó una campaña, para sensibilizar sobre esta forma de violencia, la que tenía como enunciado central la expresión “¡Cuidado! El machismo mata”. Puedo recordar el rechazo o incomprensión respecto de este enunciado por parte de varias personas, hombres y mujeres, al considerárselo como algo excedido, atendiendo a que existen otras formas del machismo poco amenazantes.

Sin embargo, el machismo recorrido en sus distintos grados conlleva, en rigor, la potencial destrucción de la mujer por parte del hombre, en el sentido de que en cada grado está presente el espíritu de negación de la mujer, considerada como posesión de sí mismo, como ser disponible a su deseo o necesidad, como objeto o instrumento de realización o cumplimiento propios. En ese espectro de las violencias hacia la mujer, encontramos desde el simple chiste machista, el piropo vulgar y el acoso machista callejero, la violencia simbólica sexista en los medios de comunicación y en diversas expresiones culturales, el abuso o el acoso sexual que se da en el espacio familiar y en las instituciones de distinto carácter, la violación sexual y la violencia física hasta el límite de la aniquilación de la mujer. Todo acto de violencia machista contiene en sí mismo el deseo de dejar una marca de poder, una señal del sentido de pertenencia espuria que puede llegar a límites extremos de ensañamiento.

El acto de violencia cruel y horrendo cometido contra Nabila, no terminó con su vida, pero ello estuvo a un punto de ocurrir. Nabila ya no tendrá sus ojos, tendrá múltiples daños, estragos y quebrantos. Duele su situación actual como también imaginar el difícil tránsito que tendrá que hacer en su rehabilitación, su recuperación y en lograr la esperanza en la vida.

Al inicio del proceso de democratización de nuestro país, las organizaciones que habían luchado en dictadura por los derechos de las mujeres y que reclamaban en esta nueva etapa política instancias institucionales que sancionaran los casos de violencia contra las mujeres, vieron con desilusión que en vez de generarse una ley que legislara y creara condiciones expeditas para sancionar y atender específicamente los casos de violencia contra la mujer, se instituyera un dispositivo jurídico bajo la categoría de ley de “violencia intrafamiliar”. Ello ha incidido en que la respuesta de protección y sanción penal estatales hayan sido insuficientes, con la consecuencia de muchos casos que no han tenido la debida atención, solución y justicia.

Los anuncios recientes de la Presidenta Michelle Bachelet, en el sentido de modificar la actual legislación de violencia intrafamiliar aumentando las penas y ampliando la concepción de la violencia contra las mujeres que ocurren en otros espacios de la sociedad, son positivas. En esa modificación, debería tomarse en cuenta el trabajo que realizan desde hace años distintas organizaciones de mujeres y distintas instancias que generan conciencia, que estudian la dimensión política implicada en la violencia contra las mujeres y que realizan acciones diversas para combatir una cultura de hegemonía masculina, machista, sexista, androcéntrica, que impregna la cultura, la vida social, las instituciones de todo tipo y también la cotidianidad. Los cambios en la legislación serán insuficientes si no hay una voluntad política, colectiva e individual por combatir la violencia contra las mujeres.

Anhelamos la mejor recuperación de Nabila, para lo que le deseamos mucha fuerza, y que sepa que ella, en nombre y memoria de otras mujeres que han padecido la violencia machista, será movilizadora de nuevos empeños de las mujeres en la lucha por el reconocimiento de las mujeres en su dignidad, su inteligencia, por su contribución a la sociedad y en su condición como sujetos de derechos. Lo vivido por Nabila es una flagrante violación de sus derechos como persona, desde la violencia de género cometida en su contra.

Reclamamos que sea o sean juzgados y condenados en justicia los culpables de tan horrible hecho, sin dilación. Por nuestra parte, nos uniremos a las acciones que contribuyan a poner fin a la violencia contra las mujeres, la que toma distintas formas, e invitamos a las mujeres a no silenciarlas, a no tener temor.

UChile


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