“Eres así y te toca luchar porque eres así.” Ese fue el llamado que María Eugenia Choque Quispe escuchó cuando, cobijada por una agrupación estudiantil con nombre de guerrero aymara, decidió transformar la opresión racista en el puntapié inicial de una larga batalla por devolver a los pueblos indígenas su orgullo. Choque Quispe es aymara, nacida tierra adentro en la altiplanicie boliviana, y es además licenciada en Trabajo Social, magister en Historia Andina y, entre otras cosas, integrante de la Cátedra Indígena Intercultural, que funciona en la región y en forma itinerante. De visita en Buenos Aires, donde abrió el Coloquio Educación Superior y Pueblos Indígenas en América latina, organizado por la Untref, dialogó con Página/12 e insistió en la necesidad de recuperar los conocimientos y saberes indígenas y de permear una estructura universitaria que considera un resabio del colonialismo. “Esa forma de educación te contradice y te anula como ser humano”, dijo.

–¿Qué es la Cátedra Indígena Intercultural?

–La cátedra tiene un largo proceso de trabajo en lo que es la educación superior a través de diplomados y maestrías, que se realizan en relación con las organizaciones indígenas a nivel de la región. Ha ido desarrollando pétalos de formación en temas como espiritualidad, mujer indígena, producción y economía, políticas del buen vivir. Hemos ido trabajando en la mirada de recuperar lo propio, recuperar conocimientos y saberes indígenas en el marco de fortalecer la identidad de los pueblos, devolverles la autoestima, derechos, el orgullo. Ese es el objetivo fundamental, porque encontrarte con tu historia es como mirarte al espejo y encontrar quién eres.

–¿Se confunde la recuperación de las tradiciones indígenas con la vuelta al pasado?

–Sí, porque los conocimientos indígenas no porque sean ancestrales son antiguos. Son innovadores porque los pueblos indígenas estamos en las ciudades y nos hemos adaptado a los avances tecnológicos utilizándolos incluso en favor de la reafirmación de nuestra identidad. Los saberes indígenas no han sido considerados hasta ahora en su dimensión total; son vistos como retrógrados o, positivamente, folklóricos, pintorescos. No se considera que son una reafirmación política, como tampoco se los ve como una forma de hacer ciencia.

–¿Su idea es que estos saberes indígenas se vayan integrando a la educación formal y no que sólo se pueda acceder a ellos a través de programas especiales?

–Esa es la educación intercultural bilingüe. No podemos mezclar agua con aceite, pero sí podemos hacer que los conocimientos y saberes indígenas sean parte de la formación. Que el niño desde que ingresa a la educación formal tenga la posibilidad de no odiar su cultura, sino de fortalecer su identidad.

–¿Las universidades tal como funcionan hoy son testimonio del colonialismo?

–Sí, porque lo que hacen esas universidades es educarte en otro sistema sin tomar en cuenta tu razón de ser o tu pensamiento. Te llevan a la contradicción y por eso se reniega y por eso hay suicidio y autolesión en la juventud indígena. Cuando uno viene a la ciudad, el racismo, la discriminación, la falta de trabajo, el choque cultural te lleva a una autolesión. Es precisamente porque esa forma de educación te contradice y te anula como ser humano. Esta es una sociedad que te oprime y uno a veces llora el ser indígena, lo maldice.

–¿Cómo fue su propia experiencia como estudiante aymara en la Universidad Mayor de San Andrés, en La Paz?

–Vengo de padres que son analfabetos para la educación formal, pero fueron mis primeros mentores en mi identidad. Yo soy Choque Quispe, dentro de la lógica occidental mis apellidos, mi cara, mi vestimenta, son bien marcados, no hay por dónde perderme: yo soy aymara con mucho orgullo, pero cuando vine a la ciudad viví yo misma el conflicto. Uno ingresa a la universidad y tiene que acomodarse y ese acomodo es sufrimiento, pasando por la vestimenta en la mujer indígena. Yo vengo de la carrera de Trabajo Social, era donde creía poder estar con mis similares. Pero no había similares míos. Siempre me sentí sola y excluida, hice mis trabajos prácticos sola, me defendí sola y salí adelante sola. Pero tuve la gran oportunidad de ser miembro del Movimiento Universitario Julián Apaza y en la década del ’90 decidimos mostrar un rostro indígena dentro de la universidad y en La Paz. Ese racismo, esa discriminación nos dio mucha rebeldía y fortaleció nuestra identidad. Ha sido como devolvernos la autoestima, como quien dice “eres así y te toca luchar porque eres así”.

–¿En qué se diferencia el modo de construir saber en la universidad tradicional y en las comunidades indígenas?

–La forma de transmisión de conocimiento en las comunidades indígenas es oral, generacional y se realiza a través de los mitos. Los saberes indígenas se leen en el marco de la madre naturaleza y eso no lo consigues en los libros: lo consigues en la voz de los mayores. La educación formal es una educación individualizada y dividida entre quien sabe y quien no. En cambio, en la educación indígena la construcción del conocimiento es colectiva, es integral. El conocimiento no es de arriba a abajo, es circular. El principio del qhip nayra también es parte del método epistemológico. Qhip quiere decir atrás; nayra quiere decir adelante y también quiere decir ojo y puede ser también pasado. En el aymara todo concepto tiene su razón de ser y tiene su tiempo y espacio. Entonces, el qhip nayra es un camino de conocimiento que permite entender el presente a través de una interrogación al pasado. Para mí, el pasado no es pasado, se actualiza en mi vida, en mi lucha, se actualiza en mi camino político.

–¿Cómo ve el proceso en las universidades latinoamericanas? ¿Hay lugar para integrar nuevos saberes?

–Es difícil aún, pero está el impulso de las fuerzas indígenas. Antes era muy difícil hablar, hacer prevalecer tus ideas, entrar a un debate. El profesor es el que sabe y tú no sabes y por mucho que quieras contestar son banalidades lo que tú sabes. Sin embargo ahora en la Universidad Pública de El Alto metimos el tema de historia andina, haciendo uso también de literatura posmoderna. Son pequeñas experiencias de educación indígena que convergen en un mismo objetivo. Pero el racismo persiste. Que tu lengua no sea institucional es racismo, que no se reconozca lo que los pueblos aportamos para la humanidad a través de nuestros conocimientos es racismo y discriminación; es señal de que no les cuadra que somos iguales. Tú lees los primeros registros de varios cronistas de la colonización y ves que a los indígenas los dibujan con rostros de niños. Así es como se conceptúa a los pueblos indígenas: como menores de edad que necesitan titularidad de protectores.

Entrevista: Delfina Torres Cabreros.