Por Luciana Peker

¿La liberación femenina es tener una píldora para tener todo el sexo que se quiera sin querer niños pero no tener quien quiera tener sexo? ¿La liberación es mostrarse en cinco fotos con la boca inflada, el escote marcado y el pelo mojado como si la imagen pudiera descongelar la soledad en las pantallas? ¿La liberación son los gritos rutilantes contra los maltratos que a la vez dejan en voz baja el deseo de encuentros que susurren caricias al oído? ¿La liberación es ir del trabajo al hogar y del hogar al trabajo y blindar el cuerpo al encuentro de desconocidos? ¿La liberación es acogotarse de poleras, repudiar los moldes estéticos, buscar el más large de los talles y pedir el fin de los estereotipos? ¿La liberación es subir los glúteos en el gimnasio, embadurnarse de cremas, enchufarse los electrodos y salir a mover el culo sin reggaeton de fondo? ¿La liberación es estockearse de tampones para no sudar otro verano de faltante de hilos protectores en el mar o la pileta o pasarse a la copa menstrual y dejar de descartar toallitas higiénicas con algodón intoxicado en glifosato? ¿La liberación es jugar a ser sumisa sin serlo y dejarse domar para endemoniar el cuerpo o desentonar con los closets y hurgar en una sexualidad sin opresoras ni oprimidas? La liberación no responde preguntas. Y no tiene respuestas. Desde hace más de medio siglo que las mujeres se desabrocharon el corpiño en busca de la liberación. Pero ahora ya no hay un camino para descomprimir la pesada herencia del machismo. El goce se puede encontrar a un click o –todo lo contrario– se puede pasar a rifar el cuerpo en la kermesse de elegir su propia aventura. Se puede desestimar la alimentación industrial en una opción naturista o esclavizar el paladar por un nuevo mandato de morfi sin calorías ni conservantes. La mente puede volar entre latigos cliché de Grey o la literatura best seller puede volver a poner de rodillas a mujeres que ya habían sido empoderadas. La menstruacion se puede vivir como una enfermedad o ser valorada como parte de rituales que encajan con los ciclos vitales de auge y relajo. Tal vez, lo mejor de la búsqueda de la liberación, es que hay libertad de acción para que cada una –sin masas ni plurales más que el propio pulso –busque (y vuelva a desencontrar y a re– encaminar la búsqueda) su propia liberación personal.

Más allá de los prejuicios e, incluso, de las ventanas para la corrección feminista la historiadora e investigadora del Conicet Karina Felitti investiga los discursos sobre la liberación femenina en mujeres heterosexuales donde el mercado, las creencias y la industria cultural ejercen una presión y una crítica sin igual. Su mirada apunta a tres focos centrales: la sangre, el placer y la maternidad. Pero no es solo la lectura, la observación o el análisis lo que distinguen a Felitti sino la vivencia palpable y, a través de su propio cuerpo, en rituales de oda a su propio útero en Francia o en cursos de seducción en Buenos Aires. Porque desbloquearse de preconceptos también implica desaprender a la vez que se aprende a sacarse la ropa –¿correctamente?– para hacer un striptease. Por eso, ella pasó –junto a la investigadora Silvia Elizalde– por cursos de burlesque en donde el faro es ser una chica pin up y bailar como en Moulin Rouge, dictados de seducción, espacios de venta de lencería erótica, fotografía erótica, entre otras experiencias palpables.

“Entre la joven que fuma, lleva faldas cortas y mueve sus piernas al compás del Charleston, las que queman su corpiños, se animan al sexo pre matrimonial, y cuestionan la heteronormatividad y la monogamia, junto con el mandato de la maternidad, hasta las que hoy hacen de la libertad sexual su bandera y de su ejercicio su condición necesaria, la liberación femenina, y específicamente la liberación sexual femenina, ha tomado diferentes formas y ha tenido diversos oponentes y también diversos educadores”, describe Felitti. Pero de la rabia a ser objetos y de la demonización a la cosificación se pasa –o se convive– con la búsqueda –de las mismas mujeres o de otras, tal vez antagónicas, tal vez concubinas de mixturas– de volverse una perra. Pero los ladridos no son aullidos azarosos que ladran contra los corsets y buscan su goce como si olfatearan colas en cuatro patas sino que se convierten en una imposición de mercado en donde el –retro, igualmente, en boga– corte y confección ahora incluye (estímulos para lograr) pete y erección para principiantes o veteranas. Felitti reseña el mundo de la capacitación virtual en una lección de anatomía que parece más un examen que una rateada– ratoneada a las presiones: “La nueva imposición parece ser no solo tener sexo sino hacerlo bien, de modo eficiente. El discurso de la empresa y el mercado está tiñendo la vida sexual actual. ¿Cuántas parejas sexuales? ¿Cuántas veces por semana? ¿Cuántos orgasmos por noche? Para algunas mujeres la liberación pasa por la posibilidad cada vez más accesible y aceptable del sexo sin compromiso, que puede escindirse del amor, bajo la premisa de que vivir la sexualidad como tradicionalmente la habían vivido los varones es un paso más hacia la liberación. Si en los años sesenta la virginidad estaba recién dejando de pensarse como un valor intrínseco y había que disimular su pérdida, en la actualidad hay que hacerlo lo más rápido que se pueda y publicarlo en Facebook. Hay una batería de productos y servicios que apoyan este guión: cenas y escapadas románticas, hoteles alojamiento sofisticados, juguetes sexuales, lencería erótica, libros de consejos sexuales, tutoriales en la web para aprender técnicas de sexo oral y los pasos hacia la eyaculación femenina, sitios de encuentro por Internet y aplicaciones como Tinder y Happn para poner en práctica lo aprendido y desplegar lo comprado. Si en los años sesenta el orgasmo femenino comenzaba a ocupar un lugar más visible hoy no se trata solo de alcanzarlo sino de hacerlo reiteradamente. Hay que aprender a ser libres sexualmente y cuánto más mejor”.

No hay una mujer, sino tantas mujeres. ¿A qué mujeres investigas?

–Mi campo de estudio son mujeres heterosexuales, de clase media, con cierto nivel educativo pero esto no quita las circulaciones de enunciados que se pretenden universales aunque sabemos que no lo son. Hay mujeres de otros sectores sociales en los talleres (de erotismo, de conocimiento corporal, de menstruación) y como consumidoras de productos (la lencería sexy tiene diferentes precios y hay porno gratuito). Lo mismo quienes participan en ceremonias que podríamos ubicar en el boom new age y/o el de las espiritualidades femeninas y la reposición de la diosa. En los talleres de striptease se dice que todas podemos ser sexies, que todas podemos hacer un baile sensual, pero quien estudio danza y pesa 55 kilos tiene más posibilidades de lograr que el paso se asemeje a la coreo de Nueve semanas y media. Lo mismo cuando se pide en los talleres de menstruación reconocer el útero y hacer ejercicios de elongación que son técnicas que quienes pasaron por clases de yoga manejan.

¿Qué implica hacer un taller de bendición del útero y que poder o riesgos se corre al poner el eje en el centro del cuerpo?

–En los talleres de menstruación y de útero, de sexualidad femenina y en los círculos de mujeres, se recuperan algunas consignas que tienen sus orígenes en el feminismo de los sesenta y setenta, cuando el conocimiento corporal y la autoexploración se presentaban como vía de liberación. Hay grupos de mujeres que compran un espéculo descartable en la farmacia y se miran, se reconocen. La cuestión conflictiva es poner al útero como centro de poder en tanto puede implicar una vuelta al esencialismo. Ya sabemos bien los costos en términos de equidad que la diferencia biológica ha establecido en nuestras sociedades.

¿Cómo es el mercado de la liberación femenina?

– Puedo pensar el tampón como un elemento que me permite usar una bikini blanca e ir a la playa pero también como un elemento que tapa el olor, que hace que la sangre no se vea y que puede llegar a causar daño en la salud de las mujeres. El vibrador surge en el siglo XIX y hoy la mujer puede utilizarlo sola o en pareja como un elemento de liberación sexual, pero en su origen fue un elemento de control pensado como respuesta a la histeria femenina. Así muchos dispositivos que se promocionan como liberadores pueden ser vistos como dispositivos de control. Mi pregunta de investigación más general es quien dicta los contenidos de la emancipación y que hacen las mujeres con ellos. Me interesa pensarlas como sujetos activos, que se apropian y resignifican estas tecnologías de liberación. En un sistema liberal capitalista la consigna de “Mi cuerpo es mío” es útil en la lucha pero presenta problemas en tanto somos seres sociales y en relación a otros. La propiedad privada del cuerpo es una idea conflictiva.

¿Qué experiencias te sorprendieron?

– Como me interesa estudiar lo que Eva Illouz y otros llaman “pornificación de la cultura”, participé en una sesión de fotos eróticas, donde me desvestí delante de otras veinte mujeres de entre 20 y 60 años, cada una con diferentes cuerpos, con o sin pareja, madres, una que estaba aun amamantando. Estábamos desnudas o en ropa interior muy sexy en la misma sala, sin que importara el frío y fue muy interesante lo que se generó. Mujeres con medias red o ligas, en corset, semidesnudas, hablando de sexo, de seducción, relativizando en alguna medida el ideal del cuerpo perfecto viéndonos bellas. Había una maquilladora, una peinadora y un fotógrafo que te decía cómo mirar a la cámara, qué poses hacer. Eramos madres, maestras, vendedoras, amas de casa jugando a ser estrellas del porno o trabajadoras sexuales.

¿Por qué se da ese juego?

–Ser sexy hoy es un valor y es un valor en alguna medida más democrático que la belleza. No importa tanto la foto sino la actitud, me han dicho varios varones en las redes de encuentro que también investigo. Según estos cursos, la actitud se puede obtener con garra, voluntad, aunque los cánones de belleza sigan estables. Todos estos cursos terminan dándole tranquilidad a muchas de estas mujeres, les dicen “vos podés” no importa lo que el espejo te diga. El capital sexual de una persona pasó a ser muy importante. Antes era ser virgen, hoy es tener mucha experiencia sexual. En la web y en las revistas circula mucha información, un tipo de pedagogía de la sexualidad que no está en la educación sexual integral de las escuelas, cómo cuando enseñan a hacer una fellatio de exhibición (es decir, como en el porno), cómo prepararse para disfrutar del sexo anal, cómo ser multiorgásmica, tips que se comunican con una lógica racional que calcula tiempos y esfuerzos. Mucho se criticó que gran parte de las enseñanzas de las revistas femeninas era para satisfacción masculina. Ahora tenemos otro tipo de exigencia, de las mujeres para con ellas mismas y en función de su propio placer. Está muy bien tener muchos orgasmos, lo que digo es que cuándo eso se vuelve una presión volvemos a estar reguladas.

¿Es un fenómeno de clase media?

– En Once también hay lencería sexy. Uno de los cursos que hicimos con Silvia Elizalde se promocionó en una página de cupones de descuento. Hay ropa sexy para todos los presupuestos.

¿La pedagogía de la sexualidad no da más sensación de examen que de liberación?

–Lo cierto es que muchas mujeres consumen esto y soy partidaria de pensar a las mujeres como personas con capacidad de decidir y que están encontrando placer.

¿A qué se debe el fenómeno de 50 sombras de Grey?

–Es lo que llaman porno para mamis. ¿Por eso lo voy a descalificar? El copyright del sado no importa para la experiencia de las mujeres que conocieron nuevas prácticas.

¿Cómo actúa el feminismo frente al fenómeno de la sexualidad performática?

–Hay una tercera ola, a la que se llama lipstick feminism, que piensa que se puede ser feminista y estar en tacos altos, con maquillaje y habiéndose operado las tetas. No reniegan de la heterosexualidad y tampoco de lo que implica el mercado de la belleza. Y para ellas pueden ser un punto de partida para la autoestima, la seguridad personal, el reconocimiento y el valor de la decisión individual. Por ejemplo, piensan que si yo decido una cirugía no es porque quiero modificar mi cuerpo para el varón sino porque yo tengo un proyecto de cuerpo, yo soy la que construye mi cuerpo igual que como ir al gimnasio porque me gusta gustarme.

¿Las mujeres hacen de su cuerpo lo que deciden solo para gustarse o también está gustar a otros/as?

–Hay una parte de gustarse a una misma y de gustarse a otros, otras y de reconocimiento social. No creo ciento por ciento en la afirmación “Yo me visto para mí”.

¿No hay una tiranía en imponer que todas debemos ser sexies?

–Eva Illouz trata de explicar que cambiaron las reglas. A mí no me gusta lamentarme del mundo en que me toca vivir. No me gusta pensar que ahora las relaciones erótico afectivas son todas banales, no me gusta pensar en el amor líquido, que las aplicaciones de encuentro (como tinder o happn) son banales y sin sentido.

¿Cuál sería el valor del neo erotismo?

–La posibilidad de concertar una cita en Tinder surge como si replicase la forma de encontrarse en un bar pero a partir de una aplicación. Se critica que solo ves la foto de la persona pero antes entrabas a un bar y también veías el cuerpo de una persona. Antes se seducía también a través de la imagen corporal pero, en todo caso, en movimiento. Ahora la imagen es congelada y más producida. Hay lugares de asesoramiento, “Tinder US”, que te cobran 50 dólares para seleccionarte cinco fotos y decirte una oración para poner en tu perfil. Hace unos meses en Las/12 se replicó una nota de una joven canadienese que había puesto en su perfil que había recibido agresiones de varones en Tinder por poner “soy feminista”. Muchas feministas argentinas empezaron a discutir “yo nunca lo usé, pero…”. Y una de las preguntas fue “¿Qué hace una feminista en Tinder? Mi respuesta fue “coger”. No es un espacio de discusión política, sino un lugar de encuentro, que puede ser de sexo casual o no, porque más allá del objetivo de la aplicación los usuarios hacen lo que quieren con ella. En algunos casos buscan una amistad y en otros sexo casual. También hay varones que se sienten discriminados en Tinder. Muchos varones publican en su perfil que no quieren ver a mujeres con la boca sopapita. No es la tecnología el problema, no es que la plataforma sea mala, al contrario, es democratizadora: facilita que mujeres y varones organicen un encuentro en tiempos donde es difícil encontrarse e, incluso, con cruce de clases: vos podes acceder a varones que están fuera de tu nivel de estudios, de tu clase o de tu profesión, no solo en kilómetros o biografía o trayectorias de vida.

¿El negocio puede convivir con la pasión?

–El negocio no tiene que ver con los usuarios. En las relaciones eróticas siempre hay dinero de por medio. Cuando se piensa en el mercado del sexo, generalmente se piensa en la prostitución. Pero en la lencería, los servicios de asesoramiento, el coaching, los sitios de encuentros, los preservativos y los anticonceptivos también hay mercado.

Muchas mujeres sienten que el precio de su creciente independencia es el desencuentro con los varones. ¿Qué puertas se abren con estas nuevas aplicaciones?

–Si te estuviste capacitando para ser sexy, para ser una perra o una diosa sexual, una vía pueden ser estas apps de encuentros. La idea es que la sexualización de la cultura no sea una histerización de la cultura o sea que finalmente todos estamos histerizados pero sin sexualidad… como dice (Peter) Capusotto: “Acá sí que no se coge”.

¿Por qué el feminismo toma Facebook, Twitter o los blogs como vías posibles de extensión de sus luchas, pero no Tinder como un medio hacia el placer?

–Porque entiende que mostrar la foto es el mercado de la carne y que, la mayoría de la fotos, son sexies. Es cierto que las fotos son muy importantes, pero hay algunas mujeres que ponen fotos con sus hijos y no fotos sexies. El ícono de Tinder es una llama y tiene mas que ver con la pasión que con una idea de familia, pero los usos van más allá de sus propósitos originales. Para evitar la misoginia dicen que habría que desarrollar una aplicación feminista. ¿Cómo sería una aplicación feminista? A mí me parece que no existe.

¿La mayor autonomía femenina y la búsqueda del placer genera fobia en muchos varones?

–Para algunos varones una mujer que abiertamente busca sexo casual es una mujer que amenaza un orden y a otros no les genera una reacción violenta sino incertidumbre y, muchas veces, no saben que contestar o donde ponerse, no necesariamente reaccionan con violencia o misoginia, sino con incomprensión. Estamos en un momento de muchos cambios entonces nadie sabe bien que lugar ocupa. En los setenta vos conocías a una persona, te podías enamorar y, después, tenías relaciones sexuales y ahora primero tenes relaciones sexuales, después la conoces y –si es el caso– te enamoras.

¿Las mujeres no están –por cultura y educación– con menos armaduras para que no les duelan los desaires que se producen en la acumulación de sexo casual?

–En la red las posibilidades son tan infinitas que frente a un desaire se puede buscar otras alternativas. Hay una diversidad enorme en la oferta.

Página12

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