Por Josefina Edelstein*

Todas las luces hoy apuntan a las neurociencias, quizá de la mano de divulgadores exitosos como el neurólogo Facundo Manes o el biólogo Diego Golombek.

Córdoba también aparece en esa vidriera que intenta difundir los misterios de la mente junto con investigadores como el biólogo Franco Mir o el psicólogo Juan Carlos Godoy.

El rótulo de “neurociencias” indica en sí mismo un conjunto de saberes que se entrecruzan para encontrar respuestas al procesamiento del cerebro en relación con todos los sistemas del organismo y el entorno donde se desarrolla cada individuo.

Los experimentos de laboratorio no siempre son con ratones y lo que detecta una resonancia magnética nuclear es común que encuentre su interpretación en una disciplina capaz de explicar el comportamiento humano; que diga, por ejemplo, que cuando determinado sector del cerebro se activa, se correlaciona con un deseo y no con una decisión racional, a pesar de que tengamos la información para decidir intelectualmente.

Esa disciplina es la psicología, pero, ¿forma parte de las neurociencias?

“Es muy difícil concebir un equipo de neurociencias moderno, sin que esté integrado, por ejemplo, por profesionales provenientes de psicología experimental o cognitiva”, asegura Juan Carlos Godoy, director del Laboratorio de Psicología y Prosecretario de Relaciones Internacionales de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC).

“Quizá en esto soy un poco sesgado –continúa–, pero la psicología es una de las disciplinas que más contribuciones ha podido hacer en los últimos años al estudio de las relaciones entre el cerebro y el comportamiento”.

“Creo que lo mejor se da en el interjuego entre los que hacen neurociencias con técnicas de neuroimágenes, y los psicólogos que pueden hacer aportes desde la capacidad para diseñar la tarea experimental del participante, o aportar el marco conceptual por el cual se comprende por qué ese participante responde de una determinada manera o hace lo que hace cuando se le presenta un estímulo visual, auditivo o algo por el estilo”.

“También es un campo muy competitivo, donde a veces tenés que defender el territorio como defendés la geografía de tu país”, reconoce.

–Por rivalidad o por miradas esquivas, parece que no siempre se reconoce el aporte de la psicología a las neurociencias.

–En la Argentina, los psicólogos tenemos que pelear con dos cosas: la percepción del público general, que tiende a asimilar psicoanálisis con psicología; y la percepción de los pares de otras disciplinas que, como están un poco sesgados por esa percepción previa, tienden a minimizar las potenciales contribuciones de los psicólogos o a pensarlas sólo como psicología clínica. Por suerte, la psicología es mucho más que eso. Fuera de la Argentina, un psicólogo no tiene que hacer esa defensa enérgica de su saber. Con que lo demuestre, se integra a un equipo interdisciplinario y puede encontrar laboratorios de neurociencia cognitiva dirigidos por psicólogos, médicos o físicos en cualquier universidad. Si bien la realidad en el país ha cambiado mucho en los últimos años, concuerdo en que todavía es difícil posicionar a una psicología científica que puede contribuir al área clínica, a la educación o al diseño de políticas de Estado.

–Menciona una psicología científica, ¿es que hay una que no lo sea?

–No, hay otras orientaciones que la gente cree que son psicología y no lo son, como las que realizan terapias con “Flores de Bach”, por ejemplo. Son prácticas que están muy generalizadas en la sociedad argentina y allí reside un desafío de educación, porque el ciudadano promedio confunde lo que es y no es científico y lo que es y no es psicología. Así, recurre a prácticas pseudocientíficas pensando que lo que está recibiendo es de igual calidad o mejor que lo que le ofrecería un psicólogo.

–¿Qué es la psicología experimental?

–En sentido estricto, habla de cualquier psicología donde se aplica metodología científica para responder preguntas que les interesan a los psicólogos. “¿Por qué somos depresivos?”. “¿Por qué alguien consume alcohol?”. “¿Por qué los adolescentes son más propensos a conductas riesgosas que los chicos o que un adulto?”. “¿Por qué hay deterioro de la memoria en pacientes con mal de Alzheimer?”. Todas estas preguntas, que son genuinas en el ámbito de la psicología, se pueden responder con estudios con metodología científica, ya sea en laboratorio con encuestas o con técnicas de neuroimágenes.

Psicoanálisis

–¿Al psicoanálisis, le sirve o serviría la psicología experimental?

–¡Qué pregunta complicada! Habría que preguntárselo a un psicoanalista. Mi opinión es que debería haber un interjuego entre cualquier orientación psicológica que tenga que ver con la clínica; es decir, entre quienes intervienen en pacientes y quienes investigan. A cualquier profesional que trabaje en la salud mental desde la clínica le debería servir saber cómo funciona el cerebro normal y cómo funciona cuando está afectado por algún tipo de patología. Es más, sería absolutamente conveniente que les interesara saber.

–En ese sentido, ¿qué contribuciones ha hecho la psicología a las neurociencias?

–Diría que desde 2000 a la fecha hubo un boom en lo que es la neuropsicología de la adolescencia; el conocimiento que hemos acumulado ha sido un salto enorme. Comportamientos típicos del adolescente, como búsqueda del riesgo, de la novedad, toma de decisiones arriesgadas, han podido ser perfilados y definidos a partir del trabajo de grupos de psicólogos que han hecho tareas experimentales, o pruebas o tests psicológicos para medir esos constructos. Entonces, mientras un psicólogo hace esas pruebas, un especialista en neuroimágenes ve qué zonas del cerebro se activan o inactivan. Hoy sabemos que hay cambios en tres niveles: estructura y función del sistema nervioso central (SNC); en el sistema hormonal que, además, impacta en el SNC y no solamente sobre la conformación del físico de los adolescentes; y perfiles característicos del comportamiento.

–Esta información debiera mejorar el modo de trabajar con los adolescentes.

–Justamente, las neurociencias y la psicología cognitiva han cambiado la mirada típica que teníamos de ese grupo etario. De leer al adolescente como alguien que se revela sin causa a entender que hay un cerebro que está sujeto a modificaciones sustanciales y que, entre comillas, lo obliga a hacer macanas porque está explorando, tomando decisiones riesgosas y otras situaciones, la mirada cambia. A los que trabajan en salud mental les permitiría entender mejor el caso que tienen en frente, cómo abordarlo y trabajarlo. Si salimos del campo de la clínica, la misma información aportada por las neurociencias, quizá a un docente que tiene que interactuar con adolescentes le permitiría descubrir qué tipo de procesos cognitivos son típicos de esa edad y a lo mejor, ajustando sus estrategias didácticas, lograría que los pibes y pibas trabajen mejor. También para quienes trabajan en promoción de la salud en adolescentes sería útil saber qué cosas podrían ser más exitosas para plantearles a los pibes y qué otras no. Por lo tanto, este tipo de información que permite entender cómo funciona un cerebro adolescente debería ser de utilidad para cualquiera.

Pruebas

“Cuando una persona comienza a consumir alcohol, la concentración en sangre sube hasta que llega a un pico y de allí comienza a bajar, hasta que desaparece. Hay un momento en que la concentración de alcohol en la curva ascendente coincide con la de la curva descendente. Nos interesa saber si los participantes, cuando la concentración comienza a bajar, tienen un desempeño distinto al que tenían a una misma concentración, pero cuando el alcohol estaba subiendo. Esto nos permite evaluar el desarrollo de tolerancia a los efectos agudos del alcohol, entre otros aspectos”, explica Angelina Pilatti, becaria de Conicet e integrante del Laboratorio de Psicología de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Córdoba (fotografía superior).

*Especial

La Voz


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