El globo, el plástico y el aire

Opinión

Por Ricardo Aronskind *

Con Mauricio Macri llegará a la Rosada la ideología de la alta burguesía latinoamericana: negocios particulares, asociación subordinada con intereses de los países centrales, sumisión al capital financiero y las multinacionales.

El desafío que tiene el gobierno de PRO-Cambiemos no es pequeño. En principio debe ejecutar el miniplan económico consensuado en las oficinas del poder económico: devaluación, acuerdo con los fondos buitre, levantamiento de las restricciones a la fuga de capitales, eliminación de las retenciones, libre disponibilidad de los productos agropecuarios para su exportación, reducción/eliminación de subsidios en los servicios públicos, devolución de las acciones de las grandes empresas en poder del Estado.

Esto seguramente es fácil de esbozar en un archivo de computadora, pero es más complejo de implementar en un país donde el gobierno precedente no se ha derrumbado, ni los sectores populares han sufrido una derrota severa. La Gran Corrida Cambiaria no se concretó. La hiperinflación a pesar de muchos no ocurrió. Y la “paliza” electoral simbólicamente necesaria para “plebiscitar” al gobierno neoliberal no fue permitida por el voto popular.

¿Cómo, luego de aplicar un paquete fuertemente antipopular, que hundirá al salario y contraerá el mercado interno, se podrá aspirar a seguir con el mantra de la “buena onda”? ¿Cómo evitar que la pequeña diferencia electoral obtenida en relación con el Frente para la Victoria se revierta rápidamente a favor de una mayoría social agredida, conformada por los que la vieron venir y los que se desayunaron tarde?

¿Cómo hacer para que, si se logra implementar la totalidad del miniplan del gran capital, la economía se estabilice en algún punto tolerable para la población, y comience a crecer? La experiencia de julio de 1989 nos recuerda que fueron las propias grandes corporaciones locales las que inviabilizaron al plan de Bunge y Born.

¿Por qué una administración encabezada por un empresario que poco entiende del bien común sería capaz de disciplinar a integrantes de sus propias filas, que fácilmente se deslizan a la realización de negocios sumamente rentables, pero con impacto muchas veces negativo sobre la vida económica del resto de la población?

¿Podrá Cambiemos completar el ciclo de ajuste recesivo antes de los dos años –tiempo de nuevas elecciones parlamentarias– para poder ofrecer “algo” (como ocurrió con el menemismo en 1991), que permita que sus representantes sean votados, y ampliar la representación parlamentaria necesaria para aprobar reformas neoliberales más profundas?

Macri ha señalado en su primera conferencia de prensa como candidato electo su “admiración por el pueblo de Chile”. Seguramente no se refería a Camila Vallejos, sino a una clase dominante que logró preservar el modelo neoliberal implantado durante la dictadura pinochetista –apenas modificado durante todos los gobiernos posteriores–. ¿Cómo pensará Macri asentar un modelo regresivo socialmente y subdesarrollado económicamente, sin lograr el consentimiento de sectores importantes de la población? En las dictaduras se puede prescindir de tal consentimiento mediante el expediente represivo, como recomendaba Milton Friedman. ¿Alcanzarán, en democracia, el marketing y la cobertura mediática de los medios hegemónicos? ¿Alcanzará con apelar a las fobias anti K para mantener el encanto del “cambio”?

En un primer tramo se apelará, indudablemente, a la “catástrofe encontrada”. Sobre ese subterfugio viene insistiendo la derecha local, tratando de transmutar las dificultades económicas de cosecha local e internacional –que no son pocas, pero son manejables y no requieren atacar a las grandes mayorías– en una “grave crisis” que sólo puede ser resuelta con un violento ajuste macroeconómico que lance hacia las estrellas la ganancia de las grandes empresas.

También habrá festival de acusaciones, denuncias y revelaciones furibundas. ¿Alcanzará el circo sin pan? ¿Qué bienes simbólicos distribuirá el macrismo, a falta de bienes reales? Quizás, tendrían que autolimitarse en la aplicación de su festival de medidas pro-rentabilidad empresaria. Pero nuestra historia económica nos enseña que no han sido capaces de autorrefrenarse. Arrasaron los equilibrios macroeconómicos y sociales, y se terminaron derrotando a sí mismos, como con Martínez de Hoz y con Cavallo. Entre una conducción responsable del Estado que evite catástrofes macroeconómicas y el apetito infinito de ganancias mayores, siempre ha primado en este sector el segundo instinto.

Sin embargo, cuentan con un recurso transitorio disponible: el reendeudamiento. Las medidas del miniplan provocarán una baja drástica en la recaudación impositiva, amortiguada por toma masiva de deuda, que impida una caída fuerte de la actividad económica, a la espera de la bendición del voto popular dentro de dos años.

Pero el problema de fondo es la inconsistencia estructural entre los intereses económicos que convergen en el polo macrista, y las necesidades de la mayoría de la población.

El alto empresariado ha logrado catapultar a su candidato hacia la primera magistratura, pero no ha sido capaz de concebir un programa viable de “subdesarrollo sin explosión”, como es el del modelo chileno. Hoy tienen una nueva oportunidad de probar.

No deben, sin embargo, confundirse. En el menemismo el éxito político de la primera etapa se debió a la derrota social previa (la hiperinflación), la confusión política creada por la repentina conversión al liberalismo del presidente peronista, el debilitamiento extremo de los dos grandes partidos populares. El festival del consumo importado, propiciado por la entrada masiva de préstamos externos hizo el resto. Y duró hasta que el destrozo económico-social se hizo invivible para la población.

Hoy venimos de un período de mejora notable de las condiciones de vida de las mayorías, y también de una recomposición ideológica y cultural que no es fácilmente esterilizable con operaciones mediáticas coyunturales. Si bien el nuevo gobierno es hijo del ocultamiento de su plataforma económico social y de la ambigüedad de la palabra cambio, pronto la imprecisión se acabará.

Por otra parte, el capitalismo occidental no pasa precisamente por una fase expansiva. La Reserva Federal puede depararles sorpresas desagradables a sus amigos locales, los apóstoles del libre movimiento de capitales. Volver a permitir la fuga de capitales en el exacto momento en que Estados Unidos suba su tasa de interés puede llevar a una recesión intolerable. En ese caso, repartir globos amarillos en la Plaza de Mayo probablemente no alcance.

* Economista; investigador y docente de la Universidad Nacional de General Sarmiento.


El ensayo que resultó en Argentina

Opinión

Por Emir Sader

Brasil fue un campo de ensayo para el esquema político que terminó resultando en Argentina, en la búsqueda de la derecha de derrotar a gobiernos populares por la vía institucional. Después de sucesivas derrotas –en algunos países han sumado cuatro derrotas– en elecciones presidenciales, la derecha fue perfeccionando un esquema que casi resultó en Brasil y que terminó teniendo éxito en Argentina.

¿Cómo opera ese esquema? Esencial, como elemento de dirección de todo el proceso, es la acción coordinada del monopolio de los medios de comunicación. Ellos actúan decididamente como el elemento de dirección política e ideológica a lo largo de todo el proceso.

Como operación ideológica, se trata de exhibir al gobierno –el del PT en Brasil, el kirchnerista en Argentina– como el enemigo fundamental, como el responsable de todos los problemas del país. Al mismo tiempo, se busca crear la sensación de que todo va mal, que todo empeora, que nos es posible seguir así.

La campaña se concentra, por un lado, en el terrorismo económico, diseminando el pesimismo respecto de la inflación, el empleo, los salarios, la recesión. Por otro lado, se pone énfasis en el denuncismo para tratar de extender la idea de que el gobierno es un gobierno corrupto.

En el plano político, se trata de unir a varios candidatos que se oponen al gobierno, buscando hacer que el campo político sea caracterizado por el enfrentamiento petismo/antipetismo en Brasil, kirchnerismo/antikirchnerismo en Argentina. Buscan con ello desplazar la polarización real: neoliberalismo/antineoliberalismo, modelo de desarrollo con distribución de renta/modelo de ajuste fiscal.

En Brasil se han sumado los votos de un candidato tradicional de la oposición Aécio Neves, del PSDB, con los de dos disidentes del gobierno –Eduardo Campos y Marina Silva–. En Argentina, los de la oposición dura –Mauricio Macri– con los de un disidente del kirchnerismo –Sergio Massa–. Toda la operación ideológica y política busca aislar al gobierno, polarizando fuerzas distintas en contra suya y escondiendo la polarización real.

En Brasil el proyecto casi resultó. En dos momentos de la campaña electoral Marina y Aécio lideraron las encuestas. Las campañas para desenmascarlos, revelando su verdadero carácter neoliberal tuvieron efecto. Aécio terminó derrotado por el 3 por ciento de los votos. En Argentina el proyecto resultó, y Macri derrotó al candidato del oficialismo por casi el 3 por ciento de los votos.

Si Marina hubiera logrado mantenerse como la principal adversaria del gobierno, a lo mejor el proyecto de la derecha hubiera resultado vencedor también en Brasil. Con el discurso despolitizador que llevaba –ni derecha ni izquierda, ni PT ni PSDB–, la oposición real quedaba más escondida. Aecio recordaba al gobierno de Cardoso, haciendo que la contraposición entre los gobiernos de Cardoso y los del PT fuera inevitable, lo que fue muy negativo para la oposición.

En Argentina, Macri ha personificado la antipolítica en contra del estilo de enfrentamiento directo de Cristina. El se ha distanciado del modelo neoliberal de los años 90, alegando que fue implementado por el peronismo –de Menem–, aunque su equipo sea todo de fuerte cuño neoliberal.

El modelo de la derecha está reconstituido: monopolio de los medios de comunicación; campaña catastrofista sobre la situación económica y política del país; aislamiento del gobierno y polarización en contra de él; diversos candidatos para converger en la unidad de la oposición en contra del gobierno en una segunda vuelta electoral.

La batalla democrática decisiva es por las mentes y los corazones de todos, lo cual supone si no romper el monopolio de los medios de comunicación, por lo menos neutralizarlo en parte en sus ofensivas. Supone un cuerpo de ideas de lo que fue realizado y de lo que la izquierda se propone hacer en el país –qué tipo de país, qué tipo de sociedad, qué tipo de educación, etc., etc.–, que reponga el enfrentamiento central en la sociedad. Un enfrentamiento entre el derecho de todos contra el privilegio de algunos, entre la esfera pública y la esfera mercantil, de la democratización en contra de la mercantilización de la sociedad.

Asimismo, supone, sobre todo, la capacidad de llegar a los más amplios sectores populares beneficiarios de las políticas sociales del gobierno popular, para ayudar a desarrollar en ellos la conciencia social y política de que esos beneficios son el resultado de una política de izquierda para garantizar sus derechos. Un trabajo inmenso, que requiere la acción del gobierno, pero también un enorme trabajo de todas las organizaciones –políticas, sociales, culturales– del campo popular, para consolidar las conquistas en la conciencia de la gente y trasformarlas en fuerza política.

Página12

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