Por Andrés Mejía y Natalia Sánchez, Centro de Investigación y Formación en Educación. Universidad de los Andes.

En estos días reapareció sobre la mesa el asunto de la libertad de cátedra, a raíz de un evento que involucró a un profesor y a una estudiante de la Universidad Libre de Pereira y al expresidente Álvaro Uribe. La estudiante, Verónica Jiménez, una líder dentro de las juventudes del Centro Democrático, le toma una foto al profesor que le dictaba clase, Iván Giraldo, al lado del tablero del salón. En el tablero se lee “Fernando Londoño Hoyos/ enemigo tutela”. La estudiante envía esta foto al expresidente Uribe y este luego emite el siguiente trino: “Profesor, invíteme a debatir antes de difamarme. La corrupción empieza al mentirle (sic) a los estudiantes”. Algo similar se presentó una semana después. Con respecto a la clase de otro profesor de la misma universidad, esta vez en Bogotá, el expresidente Uribe emitió este trino: “Mañana publicaré video del profesor Leonardo Álvarez, profesor de la Universidad Libre, que en clase me calumnia”.

El debate sobre este asunto se ha planteado, en buena medida, en términos de la libertad de cátedra, la cual está consignada en nuestra Constitución. Es cierto que aquí se encuentra involucrada dicha libertad. Si bien el expresidente Uribe no ha dicho que se deba despedir o encarcelar a los profesores Giraldo y Álvarez, trinos en los que él acusa directamente a estos profesores de calumniarlo o difamarlo, emitidos por un personaje público que tiene tanta visibilidad y popularidad, son sin duda intimidantes, y más aún en un país como el nuestro, en el que la vida es tan frágil.

Esos trinos podrían hacer —y esa es seguramente su intención— que estos y otros profesores prefieran no tratar en sus clases temas calientes en los que ellos sean críticos del pensamiento y la obra del expresidente Uribe. Los trinos de Uribe, de esta manera, estarían condenando a los profesores universitarios por hacer lo que tienen que hacer en su cargo: estudiar y discutir los asuntos que nos preocupan y que nos deberían preocupar en el país. La libertad de cátedra se trata de garantizar que tal tipo de presiones no existan.

Sin embargo, zanjar la discusión acudiendo a la libertad de cátedra, si bien podría servir en un terreno jurídico, en otros dominios sólo cerraría la conversación y no permitiría ver lo que de fondo está implicado en la situación. La libertad de cátedra, más que el final de la discusión, debe ser solo su comienzo. Lo que para nosotros está en juego es algo más grande, que le da sentido a la vez que la pone en su lugar: la idea de la universidad como un lugar especial para pensar, junto con otros, los asuntos que nos preocupan como sociedad.

La universidad comparte muchas características con el resto de las instituciones sociales, a la vez que se distingue por otras. Es posible que actualmente estas características de la universidad se hayan ido desdibujando, en parte debido a una creciente homogeneización de la sociedad. Pero podemos decir que una universidad es un lugar público, de debate de lo público, para el uso público de nuestro pensamiento, donde somos público y mostramos en público qué y quiénes somos. (Donde la pregunta “¿usted no sabe quién soy yo?” debe responderse con una oportunidad para demostrar quién y qué es uno).

De este modo, y desde sus inicios medievales, la universidad es un centro de conversación y deliberación entre múltiples posturas acerca de algo de preocupación común y que se define como objeto de estudio. Esto lo comparte con el mundo de la política; sin embargo, la universidad es diferente en que, más que en cualquier otro lugar, valen unas formas de debatir y de expresarse, y no otras. No vale responder a un cuestionamiento con un “porque sí” o un “porque no”. No valen las amenazas y las intimidaciones. No vale decir, como lo hacíamos cuando de chiquitos peleábamos con algún compañero y como parece estar implícito en la acción de la estudiante Jiménez: “Le voy a decir a mi papá, que es policía”.

Sí vale la invitación al debate, como la que hizo el expresidente Uribe en el trino dirigido al profesor Giraldo, siempre y cuando sea un debate en condiciones de (relativa) simetría. Por supuesto no queremos ser ingenuos: en las universidades también se ejerce el poder de manera destructiva; también se silencian voces y a veces se cierran conversaciones por un acto abusivo de autoridad. Y asimismo es cierto que en otros espacios sociales —no solo en la universidad— también se pueden exigir razones que justifiquen posturas y políticas. La diferencia puede ser de grado, de tendencia, de énfasis; pero esta es suficiente para que pensemos y busquemos defender a la universidad como el espacio por excelencia donde ninguna doctrina es sagrada y puede ser profanada, donde cualquier postura puede ser formulada sin más miedos y presiones que aquellas provenientes del hecho de participar en la conversación responsablemente: escuchar, comprender, responder, preguntar.

Es en el marco de esta idea que surge el sentido de la libertad de cátedra. Los profesores Giraldo y Álvarez, la Universidad Libre y toda la comunidad académica deberían, por supuesto, hacer resistencia a las presiones que supone esta actuación del expresidente Uribe. Como nos lo recuerda la sentencia T588/98 de la Corte Constitucional: “el núcleo esencial de la libertad de cátedra (…) incorpora un poder legítimo de resistencia que consiste en oponerse a recibir instrucciones o mandatos para imprimirle a su actuación como docente una determinada orientación ideológica” (énfasis añadido).

Pero es aquí también donde debemos poner a la libertad de cátedra en su lugar. Es aquí donde podemos también ver las responsabilidades que trae concebir a la universidad en general como este lugar privilegiado para pensar acerca de los asuntos que nos preocupan. Los profesores no tienen solamente ese derecho que es la libertad de cátedra; más bien, en general todos los actores universitarios tienen la responsabilidad de, autocríticamente, mantener la universidad como espacio público en el cual ninguna persona, de la tendencia ideológica que sea, sienta más presiones e intimidaciones que aquellas que son propias del tipo de conversación que representa la universidad, y que ya mencionamos antes.

De esta manera, es responsabilidad también de todos los miembros de la comunidad académica, pero posiblemente en especial de los profesores, crear unas condiciones para que todos los estudiantes, uribistas, antiuribistas y aquellos en contra de esta polarización, al igual que los demás miembros de esta comunidad, puedan expresarse y participar de ese pensar con otros, sin sentirse intimidados. Por supuesto, esto incluye a la estudiante Verónica Jiménez.

El abucheo a Uribe

En medio de arengas y manifestaciones de rechazo por parte de varios estudiantes, el senador Álvaro Uribe asistió el viernes a un encuentro académico en la Universidad Libre de Pereira e ingresó a la institución escoltado, debido a las protestas de algunos miembros de la comunidad educativa que se oponían a su presencia. Los estudiantes manifestaron que no pretendían agredir al congresista sino defender el derecho a la libertad de cátedra. Algunos alumnos se pusieron camisetas blancas con mensajes alusivos a las presiones que el senador ejerce contra la academia.

Fuente: El Espectador


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