Por Nadia Luna – Especial para Nodal Tec y Agencia TSS

La semana pasada, la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires (FCEN-UBA), Argentina, se colmó de soluciones tecnológicas y enérgicos jóvenes emprendedores. Fue en el marco de la primera edición de TECNOx, una competencia que convocó a doce equipos de “Estudiantes latinoamericanos articulando tecnologías”, que se animaron al desafío de desarrollar durante meses algún proyecto aplicado multidisciplinario que tuviera por objetivo resolver un problema de relevancia social para la región. Algunos ejemplos: un dispositivo para la detección temprana del virus del dengue, un sensor para glifosato, un cyborg bacteriano capaz de detectar mercurio y un detector de minas antipersonas (sí, de esas que aún permanecen agazapadas bajo tierra en muchos terrenos que otrora funcionaron como campos de batalla).

El evento tuvo lugar en el Aula Magna de la FCEN, donde los estudiantes fueron contando por turnos sobre el funcionamiento y la importancia de sus creaciones, ante la atenta mirada del jurado de expertos convocados para evaluar los logros de cada equipo. Los premios, muy a tono con el espíritu latinoamericano, eran trofeos que cambiaban los tradicionales oro, plata y bronce por aves características de los pagos del sur: cóndor, pingüino y colibrí. Además, el programa de la competencia se combinó con la realización del workshop “Interdisciplina aplicada y tecnologías disruptivas para Latinoamérica”, organizado por el Centro Latinoamericano de Formación Interdisciplinaria (CELFI), que contó con la disertación de expertos de diversos ámbitos, como biología sintética, robótica e inteligencia artificial.

En medio de ese remolino de jóvenes e ideas, el doctor en Química e investigador del Conicet Alejandro Nadra, organizador del evento junto a su colega Ignacio Sánchez, se toma unos minutos para contar a TSS/Nodal Tec qué fue lo que motivó a realizar la iniciativa. “La filosofía detrás de TECNOx es poder contribuir a nuestra sociedad latinoamericana a partir de equipos de estudiantes coordinados por un investigador, que estén enfocados en resolver problemas que nos aquejan a todos. Por otro lado, para nosotros, los investigadores, la conexión con los estudiantes es un cable a tierra, porque quizás estamos muy habilitados técnicamente para emprender desarrollo, pero a veces nos olvidamos de por qué queríamos hacerlo. Entonces, complementar el entusiasmo de unos con la experiencia de otros resulta en una conjunción súper potente”, asegura.

Los orígenes de TECNOx se remontan al 2010, cuando Nadra volvió al país luego de realizar un posdoctorado en biología sintética, disciplina que el científico define como “una biotecnología muy mejorada”. La biología sintética busca entender los sistemas y procesos biológicos lo mejor posible, para poder modificarlos con el propósito de diseñar un dispositivo que resuelva un determinado problema. Nadra explica que hubo dos contribuciones claves que permitieron el desarrollo de la disciplina: el avance tecnológico y la intervención de los ingenieros en el campo de la biología. “Los ingenieros aportaron una visión de cómo trabajar sistemáticamente con la información genética y eso abrió un montón de puertas, junto con los avances en las técnicas de secuenciación del ADN. Lo que se propone la biología sintética en última instancia es diseñar un organismo completo, para lo cual tenemos que entender cómo funciona, pero todavía estamos lejos de eso”, reconoce.

Así, luego de volver al país, Nadra se contactó con Sánchez para armar un equipo internacional de estudiantes de biología sintética. Más tarde, junto a Manuel Giménez, uno de esos estudiantes, armaron otro equipo, que desarrolló un prototipo de sensor de arsénico en agua, con el que ganaron una competencia internacional y el concurso Innovar del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, en la categoría Producto Innovador. “Empezamos a ver que esta forma de trabajar, interdisciplinaria y aplicada a resolver un problema de la sociedad, aparte de ser divertida, podía dar resultados buenos y rápidos”, recuerda Nadra. Así fue que decidieron gestar TECNOx y, con la primera experiencia recién terminada, ya están pensando en cómo van a ser la segunda y tercera edición.

Al servicio de la sociedad

Una de las soluciones tecnológicas propuestas por los jóvenes participantes fue Chronosense, un biosensor diseñado para la detección sencilla y rápida de los niveles de melatonina en la orina, una hormona clave en los ciclos de sueño y vigilia. El objetivo final del desarrollo es aplicarlo al diagnóstico de patologías asociadas con esta hormona, como trastornos del sueño. El equipo creador de Chronosense se bautizó como Primers, y es uno de los que “juegan de locales”, ya que pertenecen a diversas carreras de la FCEN UBA. En la presentación, remarcaron que se trata de una plataforma “simple, barata, robusta y eficaz”.

Por su parte, el equipo de la Universidad colombiana de los Andes presentó a Bacuit, un cyborg (u organismo cibernético) del tamaño de un vaso capaz de detectar mercurio a partir de la integración de circuitos biológicos y electrónicos. “La contaminación por mercurio es una problemática muy incidente en nuestro país y en Latinoamérica debido a la actividad minera. Los métodos que existen son caros y el resultado demora mucho tiempo”, cuenta Juan Carlos Linares, estudiante de física. “Según estudios recientes, la solución que contiene mercurio, utilizada en minería, termina en sistemas de riego y campos de cultivo, y los campesinos no tienen forma de detectarlo. Este desarrollo no remedia el asunto pero da información para que la gente pueda tomar decisiones”, agrega su compañero Alejandro Losada.

En tanto, el equipo de la Universidad Nacional de Colombia se propuso la misión de desarrollar un detector de minas antipersona mediante moscas estimuladas por microorganismos. Como a último momento tuvieron inconvenientes para viajar y asistir a TECNOx, Nadra rescata la importancia y el logro de este proyecto: “Colombia tiene un problema serio con la población civil que se acerca a una zona que estaba en disputa y se topa con minas, que puede cercenar miembros y causar la muerte. Con este proyecto pasó algo muy interesante que es que el Ministerio de Defensa de Colombia decidió apoyar el desarrollo para poder utilizarlo. Es muy fuera de los esquemas que un proyecto de estudiantes logre ese interés en el gobierno nacional, en una ruta tradicional donde uno tiene que seguir ciertos pasos como estudiar una carrera, hacer un doctorado e investigar durante años para conseguir financiamiento”.

Una de las oradoras del workshop organizado por CELFI fue la mexicana Alejandra Cruz, ingeniera en biotecnología que trabaja en la recuperación y tecnificación de ingredientes prehispánicos para gastronomía. Su emprendimiento se llama Huitli y el primer producto en el que trabajan es en el huitlacoche, una especie de hongo comestible también conocido como caviar azteca.

“Nuestros antepasados lo utilizaban como ingrediente principal en su alimentación, pero actualmente mucha gente no lo conoce. Por eso, queremos difundirlo, para recuperar ese aspecto de nuestra cultura, y producirlo de manera sustentable y económica, a través de técnicas microbiológicas. Creemos que puede ser la comida del futuro”, indica la ingeniera.

Durante la última jornada de TECNOx, todos los equipos se llevaron sus trofeos de aves latinoamericanas, según el grado de desarrollo de cada proyecto, además de libros dedicados por personalidades destacadas de la ciencia. También, hubo reconocimientos especiales para los equipos que se distinguían en una determinada categoría. Así, algunas de las premiadas fueron relevancia social, para los Tecnonautas que desarrollaron el detector del virus del dengue (FCEN UBA); creatividad en la interdisciplina, para el equipo de UNIANDES y su detector de mercurio; y “Entusiasmo contagioso y disfrute”, otorgado a los estudiantes de la Universidad Nacional de San Martín, que diseñaron biofilms para estructuras sumergidas. Además, el jurado decidió otorgar una mención especial para el equipo Colifinders, de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA, por exhibir una combinación de creatividad, impacto social y comunicación.

“Estamos desbordados del entusiasmo de los participantes. Para las próximas ediciones, queremos ampliar la comunidad y ver la posibilidad de realizarlo en otros países. Si una vez por año nos encontramos y fijamos intereses comunes, podemos hacer redes de comunidades locales interesadas en resolver problemáticas latinoamericanas”, se entusiasma Nadra. A su lado, el mexicano Carlos Gómez, quien expuso sobre su trabajo en robótica y electrónica libre como herramienta para la enseñanza, completa la idea: “debemos dejar de ser simplemente usuarios e importadores de tecnologías y empezar a desarrollarlas en función de nuestras propias necesidades”.

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